Nuestras intenciones

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Cuando la memoria se cuartea y acaba por quebrarse, nos resulta luego imposible recomponerla a su estado original. Nos quedamos entonces con un puñado de recuerdos desordenados en la mano. Son retazos entremezclados, del ayer y del anteayer, en el límite de lo real y lo imaginado, lo soñado, lo deseado…

A veces, cuando las musas te acarician el oído y te encuentran despierto, aún te da tiempo de agarrar la pluma al vuelo y plasmar en negro sobre blanco la última secuencia, que quedará siempre fija e invariable, aunque con el tiempo puedan rebrotar en ella tonos sepias.

Por eso, antes de que lleguemos a pisar con nuestros pies cansados los fragmentos de esos recuerdos olvidados, sacamos las manos de los bolsillos y alcanzamos el cesto de mimbre para encaminarnos por los senderos familiares y recolectar recuerdos, vivencias, sensaciones de todos los que nos precedieron y nos acompañaron.

Así, los que nos sucedan tendrán siempre un manantial donde llenar sus alforjas y los que se marchen tengan la certeza de que su recuerdo sobrevivirá a las neblinas del olvido.


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