“Aquí te lego la historia de tu familia”

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Son jubilados. Y no se conocen entre ellos. Ahora, después de seis décadas de vida cimentada, han decidido escarbar entre legajos para buscar sus raíces familiares. A su manera, cada uno de los tres, utilizan las herramientas básicas del genealogista doméstico: el DNI, un lápiz y un puñado de folios. Alguno incluso usurpa el ordenador de su nieta para dejar en negro sobre blanco sus investigaciones. “Ja he acabat, filla meua. Guarda, guarda-ho tot perquè no s’esborre i fes-me tres còpies per si de cas…” ( “Ya he terminado, hija mía. Guarda, guardalo todo para que no se borre i hazme tres copias por si acaso” ).

No son ni las once de la mañana y nuestro primer hombre ya sale del Palacio de Cervelló de Valencia con los bolsillos llenos de resignación. Al fondo, el perfil también resignado del edificio de Bancaja.  Su consulta en el Archivo Histórico Municipal de Valencia ha sido breve e infructuosa. Las rutinarias labores de mantenimiento han impedido a nuestro desconocido consultar unos padrones. Otra vez será. Apenas ha opuesto resistencia ante las explicaciones del funcionario municipal de bata blanca…

En la marquesina de la EMT de la plaza de Tetuán me cuenta qué le ha llevado hasta el almacén del pasado de nuestra ciudad. Anda tras la pista de su madre natural. Y de algunos parientes más. Esta confesión callejera entre desconocidos me ruboriza. Añade en la improvisada charla que ha encontrado bastantes datos en sus anteriores visitas al archivo municipal. No desespera. Ha consultado también decenas de libros de la Inclusa, en el Archivo de la Diputación de Valencia. Pasando hojas y hojas en largas mañanas.

En el antiguo psiquiátrico del Padre Jofré, en el barrio de Patraix, duerme acurrucado el pasado de cientos de expósitos valencianos. Más de 800 libros y más de cuatro siglos, entre 1512 y 1977. Y también de huérfanos. Una docena de libros más, entre 1834 y 1973. Es una de tantas postales en tonos sepias que Valencia deja en su tránsito centuria tras centuria.

En unos cuantos siglos atrás anda metido otro de nuestros investigadores de pobladas canas y lápiz en ristre. Las últimas tecnologías no van con él. Husmea entre protocolos notariales en el Arxiu del Regne de València. Alterna documentos de la Ribera Baixa con algunos de l’Alt Palància. Lidia duras batallas con la caligrafía de algunos escribanos. Los de los siglos XVI y XVII son muy rebeldes. Ya con el estatus de feliz jubilado, aprovecha las mañanas para indagar en el origen de su familia. Los tiene bien identificados, aunque alguno se sigue escapando de su cerco investigador. Incluso acude puntual a las actividades de una sociedad valenciana de genealogía.

El Día del Libro regala historias familiares

Es un veterano. Y ha visto pasar por el mostrador de la sala de consulta del Arxiu a unos cuantos trabajadores. También de bata blanca. El edificio del arquitecto Segura de Lago, ya todo un cincuentón, sobrevive impertérrito en su atalaya del Paseo de la Alameda, ante el olvido y la desidia de muchos valencianos. De administraciones y ciudadanos. Con recortes en personal, material y horarios; sin una página web digna que ofrezca sus tesoros en internet. El Arxiu del Regne de València sigue atrayendo a los investigadores clásicos (docentes y estudiantes) y a autodidactas apasionados por la historia cotidiana.

Como nuestro tercer hombre. El último en esta reseña improvisada de investigadores domésticos. También aprovechó su jubilación para iniciar lo que en estos momentos puede considerarse como una auténtica tesis doctoral sobre la historia de una familia de l’Horta Nord. Más de cuatro siglos en detalle en poco menos de 25 Mb. Y lo hizo con un claro objetivo: “Legar todo lo investigado a mis hijos y a mis nietos”.

Ha localizado a una docena de generaciones de antepasados directos. Y casi todos ellos nacieron en las poblaciones de la huerta que envuelve el norte de la ciudad de Valencia. De Alboraya a Museros. De Rafelbunyol a Meliana. Y lo ha hecho él solo, sin ayuda de subvenciones ni proyectos con sobrecoste adjunto. Se ha pateado decenas de parroquias y archivos. En carpetas, sobres y un único documento word almacena el tesoro familiar. Y se ha plantado en el año 1620 después de transcribir decenas de testamentos, cartas dotales y otros documentos, en valencià y en latín.

Nuestros tres jubilados han recopilado sus historias familiares en los ratos libres y las han regalado a sus descendientes en un legado que pasará de generación en generación. Sólo han necesitado constancia, pasión y las puertas abiertas de los archivos públicos. Que nadie las cierre. Dejenlas entornadas si quieren. Pero que la crisis no sea una excusa para dejarnos sin pasado, sin una herencia vital que transmitir.


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