Desayuno de recuerdos

Por | · · · · · · · · · · · · · · · · | Genealogía doméstica | 4 comentarios en Desayuno de recuerdos

Si el bueno de Marcel Proust regentara ahora una de esas franquicias de pastelerías artesanales, las colas de clientes serían mayores que las de algunos hornos donde expenden barras de pan a 20 céntimos. Todos aguardaríamos impacientes hasta saborear la magdalena activadora de los recuerdos infantiles. ¡Ay, si se pudieran enlatar esos sabores, esos aromas, y abrirlos más tarde en caso de necesidad! ¡Ay, si fuera posible envasarlos al vacío, para conservar su frescura, y legarlos a nuestros hijos, nietos, taranietos…! De momento no puede ser, aunque me constan que estan trabajando en ello en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

En mi caso fue la leche. La leche de la vaca, que nunca supe si reía o estaba triste. En tierras de la antigua Edeta, a la sombra de la Iglesia del Remedio, unas generosas vacas -de las que no conservo en la memoria sus rostros pero sí sus peculiares olores- nos alimentaron a toda la chiquillería del barrio allá por los años 70, mientras Franco fenecía y el Príncipe se coronaba Rey. Leche pura de vaca, de las vacas de la señora Rosario. En blanco y negro. Como casi todo en aquella época. Antes de acabar en nuestros flacuchos organismos, la leche pasaba un ratito en el puchero al fuego. ¿Cuántos cazos habrán acabado con el fondo chamuscado por una leche ansiosa por hervir, antes de que nuestras madres ‘multitareas’ pudieran evitarlo?

A mi espalda, mientras escribo estas líneas matinales, la pequeña de la casa saborea su biberón de ‘bon dia’. Leche en tetrabrik, parcialmente desnatada, con cereales hidrolizados y aceite de pescado azul rico en DHA. No sé si las vacas de la señora Rosario eran ricas en omega 3, pero seguro que su leche sabía a leche.

El sabor de la nata colada y coronada por una cucharada de azucar en el mismo colador me transporta a aquellos años de mi infancia a la sombra del Piquet, en Enguera. Allí, la abuelita Milagro nos regalaba a todos sus nietos este humilde y disputado manjar blanco. Ella misma se preparaba también su plato de ‘sopetas’, que no eran más que cuatro o cinco trozos de pan navegando sobre un mar de leche adornado con azúcar y café. O tal vez Eko, aquel del anuncio “Eko, eko, eko….” Luego, no sé muy bien por qué, se pasó a Molico, la leche en polvo. Imagino que no sería cosa de las modas.


También la había condensada. De bote, de bote hermoso que nuestra madre ponía al baño María y la crema blanca perdía toda su palidez para alcanzar un tono parduzco y dulce.

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Ya en la capital, casi hirviendo, nuestro padre nos abordaba a primera hora de la mañana, todavía en la cama, con un vaso de leche. Y nos lo bebíamos sin pestañear, porque no habíamos siquiera despegado los párpados de las sábanas. “Esto mata todo los microbios”, nos decía mientras deglutíamos aquella pócima resucitadora.

Ahora, apoyados en la barra de cualquier bar, en muchas madrugadas y pocos amaneceres, nos hemos quedado embobados cómo el extraño apéndice de la cafetera industrial recalienta la leche en una jarra metálica. Y esos aullidos de vapor acompañaban nuestro café cortado o con leche y un puñado de suspiros.

…y después de unos cuantos miles de cortados, bombones, cafés con leche y au lait, nos descubrimos años más tarde escarbando con un cacito de plástico azulado en un bote de leche en polvo infantil, contando uno, dos, tres, cuatro, nos descontamos y volvemos a escarbar, uno, dos, tres, cuatro… hasta alcanzar la proeza de preparar un biberón para nuestro renacuajo o pequeñaja. Y nos olvidamos de que había que calentar antes el agua y volvemos a escarbar con el cacito, uno, dos, tres, cuatro… y lo probamos por curiosidad, y echamos de menos las vacas de la señora Rosario.


4 Comments

Red de Antepasados dice:

02/09/2014 at 23:25

Ay Enrique, siempre pienso en esto precisamente que has detallado. Volver atrás con la máquina del tiempo de los sabores, los aromas y los lugares. ¡Quién pudiera!

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Enrique Boix dice:

02/09/2014 at 23:33

Gracias por tus palabras, Sonia.

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Enrique Boix dice:

15/04/2013 at 19:14

Gracias, Carmen, por compartir tus recuerdos. Ricos, ricos…

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Carmen MARCEL-REY dice:

06/04/2013 at 20:39

Me encantan tus textos. A mi no es la leche que me lleva a mi infancia, son las tajadas de pan con aceite, tomate y sal que mi Mama nos preparaba a mi hermano y a mi. Cuando llegaba la hora del “gouter” por la tarde en el colegio,los alumnos me miraban con cara de envidia. Los francisitos los pobrecitos se comian “croissants y chocolate”. La maestra nos decia siempre unas palabras amistosas como “Ici c’est pas un pays de sauvage, on ne mange pas ça à l’école” Eran los anos 50. … Enrique gracias

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