Genealogía doméstica. Cada familia tiene su historia

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Cuando nos tropezamos con la palabra ‘genealogía’ enseguida pensamos en reyes, condes, hidalgos y algún contemporáneo nuestro, de perilla y pose lustrosa, que indaga entre sus antepasados a la captura de algún marquesado. O a la caza de un tío con hacienda en América. También relacionamos la genealogía con los escudos de nuestros apellidos. Y así encontramos en mercadillos medievales (que tanto abundan en nuestra geografía valenciana) y en el gran bazar de internet, individuos que nos elaboran nuestro escudo de armas en cualquier soporte imaginable: pergamino, bronce, escayola, madera, porexpán y, si me apuran, hasta en macramé. Por un módico o inmódico precio. Usted elige. Lícito negocio. No hacen daño a nadie. Aunque la heráldica de verdad es una cosa bien distinta.

La genealogía es algo más que un escudo para colocar en el recibidor del hogar junto a la rajoleta “Benvingut siga a qui a sa casa ve” (“Bienvenido sea quien a su casa viene”) . Porque cada casa, cada familia, tiene su propia historia, una historia todavía por escribir, que permanece oculta entre legajos, libros y en los recovecos de nuestra memoria. Una memoria adormilada a la espera de un chispazo que nos la desordene.

Un retrato encontrado en el desván, unas escrituras antiguas, la rehabilitación de la casa de la abuela, una anécdota de la mili cuando había mili, la pregunta inocente de un niño “Papá, ¿nosotros de dónde somos?”… son chispazos que activan nuestra curiosidad…

Jaume I no se lió él solo a tortazos y espadazos contra los moros. Cristóbal Colón no hizo las Américas en un jet privado. Sant Vicent Ferrer y Blasco Ibáñez, cuando alzaban el dedo y hablaban en público, rompían todos los ‘shares’ de audiencia de la época. Porque no predicaban en el desierto. ¿Quiénes pueblan las listas de caídos en tantas y tantas contiendas fratricidas a las que somos desgraciadamente adictos los españoles?

Su padre, su abuelo, su bisabuela, esos tatarabuelos de los que apenas sabe nada… Todos ellos han hecho posible la Historia de España. Sí, sí, sí, la que han estudiado nuestros hijos, nuestros padres y nosotros mismos. No eran atrezzo. Eran actores quizás secundarios. Pero sin un buen reparto no hay una buena película. En ningún manual hemos vistos escritos sus nombres. Han desaparecido de los créditos finales. La Historia con mayúsculas la hemos reservado para los grandes estadistas, monarcas, familias nobles, papas, presidentes y algún diputado con los bolsillos llenos y la dignidad vacía. Pero la historia, aunque sea con humildes minúsculas, nos la merecemos los que nos llamamos ‘ciudadanos de a pie’. Bajo del púlpito, que me emociono.

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Practicar genealogía doméstica es una afición sana y barata. Vale, más barato y sano es correr por el viejo cauce. Combinemos entonces ambas actividades. Trazar nuestro árbol genealógico supone iniciar una aventura con final desconocido en la que podemos embarcar a pequeños y grandes. Precisamente estos últimos, los grandes de nuestros grandes, son los que nos darán las primeras pistas con sus recuerdos. “Iaio, ton pare on va nàixer?”. (Abuelo, ¿tu padre dónde nació?)

Luego llegan las visitas a parroquias y registros civiles en busca de partidas de bautismo, matrimonio y certificados de nacimiento. Y tal vez los primeros sinsabores: un ‘retor’ desconfiado o un ministro apellidado Gallardón. Acudiremos a archivos públicos que ni siquiera sabíamos de su existencia. Con enseñar el DNI se nos abren las puertas. “Aquí aparece su tatarabuelo cuando le sortearon para hacer la mili en el año 1835. Y está su descripción física. Mmmm… era alto y fuerte”. Así nos dicen en el Archivo de la Diputación.

O incluso en el Arxiu del Regne, no muy lejos del legado de Jaume I y los primeros pobladores de las tierras valencianas, nos tropezaremos con el testamento del tatarabuelo de nuestro tatarabuelo, datado en 1751. Allí, nuestro abuelo séptimo dejó escrito ser enterrado “con el hábito de Santo Domingo. Y si fuere caso que muriere en el lugar de Chirivella, en el carnero de las almas de la capilla de la Virgen de la Salud de la Iglesia Parroquial de Chirivella”. Como era piadoso y generoso, dejó pagadas “tres misas cantadas”. Y con la lectura de testamentos, compraventas, cartas dotales, obligaciones… conoceremos la actividad de los notarios mejor que Bárcenas.

Es una labor paciente, tranquila y agradecida. Avanzaremos generación tras generación. Nos remontaremos en el tiemplo siglo tras siglo. Quizás no encuentre nobles entre sus antepasados, pero sí labradores y artesanos que tejieron con sus manos los mimbres de la historia de su familia. Tal vez alguno de ellos pensó en usted, hace más de tres o cuatro siglos, en un atardecer como el de hoy. “Qui treballarà estes terres d’ací quatre-cents anys?… Vicent, deixa de mirar l’hort com un ninot i vine a sopar.” (“¿Quién trabajará estas tierras de aquí 400 años?… Vicent, deja de mirar el huerto como un muñeco y ven a cenar”).


3 Comments

Carmen dice:

22/11/2013 at 13:08

Pues si, Enrique, me has descrito: de niña preguntaba mucho a mi abuelo, leía testamentos antiguos, mareaba a mi familia… y ahora que he retomado esa afición casi infantil estoy absolutamente enganchada. He encontrado tatarabuelos y abuelos cuartos de media España (y Francia), algunos sabidos, otros absolutamente por sorpresa…
Así he descubierto que mi abuelo cuarto era Valenciano de la capital, un tal Asensi. Claro que se sospechaba el origen levantino, pero mira, con lo que me gusta Valencia ¡es que mis genes lo presentían!
Y lo que ayuda Internet en estas labores…
En fin, que te leo con deleite
Un saludo Carmen Cortés

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Enrique Boix dice:

22/11/2013 at 16:26

Muchas gracias, Carmen, por tu comentario.

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Gomez Da Palma dice:

01/04/2013 at 07:29

Buen punto de vista.

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