La dama de hierro, la cupletista y el cólera

Por | · · · · · · · · · · · · | Hablamos de Valencia | 3 comentarios en La dama de hierro, la cupletista y el cólera

La muerte tiene mucha prisa últimamente. Un director de cine de mirada picarona, una estadista anglosajona y férrea, un humanista indignado y la última cupletista han compartido portadas en los últimos días y compartirán descanso eterno en los siguientes. Y cada uno se fue a su manera. Margarita Thatcher recibirá honores militares y será despedida con un funeral por todo lo alto, con la presencia de la reina Isabel II. Ahí es nada. Bigas Luna dejó dicho que no quería funerales ni acto público alguno en su último fundido en negro. Sus cenizas reposan a partir de ahora en Tarragona. Sara Montiel recibió los últimos aplausos en las calles de Madrid. Fueron sus coetáneos quienes le lanzaron sentidos piropos antes de recibir sepultura en el camposanto madrileño de San Justo. José Luis Sampedro murió discretamente, sin que nos diéramos cuenta.

Como el autor de ‘La sonrisa etrusca’, muchos de nuestros antepasados marcharon de manera discreta, sin molestar, sin hacer ruido, mientras los demás dormían. Hay quien escogió el billete al último viaje en un vagón de tercera clase y hay quien los compró en categoría preferente. Ramos de plástico y coronas de flores, nichos y panteones, misas funerales y padrenuestros improvisados, tanatorios y recibidores de casas de pueblo, silencios y corrillos… Distintos escenarios para acabar convertidos en polvo.

Las tradiciones se mantienen en los pueblos valencianos. Un concejal del interior de la provincia me confesaba recientemente que tenía el cementerio con el cartel de ‘completo’, a pesar de que había decenas de nichos vacíos. “Hay matrimonios mayores que compraron hace muchos años dos nichos conjuntos. Lo hicieron con previsión. Los jóvenes de ahora no piensan en esas cosas”, me explicaba. Y como cualquier chalé o adosado, la orientación también influye. “Dos amigas se empeñaron en comprar dos nichos con vistas a la montaña. Y no los querían a ras de suelo, porque no les apetecía pasar el resto de su vida viendo zapatos…”, añadía con gesto irónico.

En una pequeña localidad de la Ribera Alta, un sepulturero me señalaba con orgullo el panteón que le construyó a una vecina: “Se gastó dos millones de pesetas de la época, hace casi 20 años, porque no quería ser enterrada en un nicho; decía que ahí no podría menearse, que se agobiaría”.

Algunos rincones de la geografía valenciana se resisten a la ‘modernidad’ de los tanatarios e improvisan la capilla ardiente en el domicilio del finado, en el hueco de la escalera o en la salita. Mientras, en la cocina y lejos de las plañideras autóctonas, los más jovenes aguardan impacientes el final de esta liturgia ancestral.

Puntos de venta en Enguera de 'Memoria de un naufragio'

El pésame es el último trance para los que se quedan. No muy lejos del Caroig, entre pinos y olivos, los familiares varones del difunto reciben en la acera de una callejuela el desfile de vecinos solidarios con la pérdida. Apretones de manos que no acaban nunca. Mientras, las mujeres salen por su cuenta de la iglesia. Los unos por aquí y las otras por allí.

En ocasiones, la muerte lleva adjunta un aditivo cruel. Cuando los que se quedan no pueden despedirse de los que se van, por imperativo legal. Ocurrió con la invasión del ‘cólera morbo asiático’ en tierras valencianas; una “calamidad funesta” según la definió la Junta Municipal de Sanidad de Valencia en 1854. En su informe, los responsables sanitarios hacen gala de una prosa negra y poética. Hablan del cólera como “una enfermedad que se anuncia con espanto, que se espera con temor, que se presenta con traición, que horroriza con su aspecto, que atormenta con sus padeceres, que repele con sus miserias, que intimida con el contagio y amenaza con la muerte…”

Nada menos que dos de las cuatro esposas de mi tatarabuelo José Boix Adam (1821-1889) fallecieron a causa de esta epidemia. Y ambas (Vicenta, de 22 años, y Rosa, de 30) fueron enterradas “antes de las 24 horas por haber muerto de cólera” y “sin actos funerales por orden de la Justicia”. Así lo descubrimos en nuestras investigaciones genealógicas. Se fueron jóvenes y en soledad.

En un escenario distinto y rodeado de boato, un abogado de Valencia llamado Tomás Fernández de Mesa, tuvo a bien morir en el Marquesat de Llombai. Era el verano de 1748. Dejó por su alma nada menos que 400 libras valencianas. Todo un dineral. Entre sus albaceas figuraba “el retor de la Congregación de San Felipe Neri de Valencia”.

Defunción de Thomas Fernández de Mesa. Archivo Parroquial de Llombai.

Defunción de Thomas Fernández de Mesa. Archivo Parroquial de Llombai.

Fue vestido su cadáver con el hábito y la capa de Santo Domingo y enterrado en la Capilla de los Duques de Gandia en la Iglesia de la Santa Cruz. Un lugar preferente, sin duda. Asistió a los funerales toda la comunidad: “37 religiosos, capa y cruz”. Vicente Bartual, fallecido unos meses antes, dejó 10 libras a la iglesia, lo que supuso por la regla de tres la presencia en su entierro de sólo cuatro religiosos. Tuvo menos glamour. En el mismo templo y unos décadas antes, el 23 de marzo de 1671 era enterrado “en el vaso de los pobres” por ser pobre de solemnidad un vizcaíno llamado Martín de Gualde. Un vasco en la ribera del Xúquer del que nunca más se supo.

Post Scriptum: ‘La gloria del pueblo’ (1895) de Antonio Fillol, es el cuadro que ilustra este artículo. Al final, toda gloria es efímera.

Artículo publicado en VLC News (13/04/2013)


3 Comments

Enrique Boix dice:

15/04/2013 at 19:12

Gracias por vuestros comentarios, compañeros…

Responder

apellidosygenealogia dice:

14/04/2013 at 00:16

Lo siento, Mireia. Nunca se está lo bastante preparado para esto.

Responder

tataranietos dice:

13/04/2013 at 08:52

Qué bonito el post de hoy… Sí, la muerte tenía mucha prisa esta semana, el lunes estuve en un velatorio de un familiar. Esta semana voy a publicar artículos que van del tema…

Responder

Deja tu comentario