Paseo por una Valencia que se esconde y abandona

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La calle Salinas de Valencia, una pequeña arteria urbana que nace de la calle Caballeros y se adentra en el Carmen más moruno, parecía la pasada tarde el pasillo de una pinacoteca europea. Una docena de escolares de Primaria aguardaban impaciente su turno ante los restos de un muro de forma indefinida y coronado por un arbolillo. Los alborotados infantes esperaban que el guía del otro grupo (formado por universitarios primerizos o quizás bachilleres de último año) acabara con su explicación detallada, para tomar posiciones.

No había señal ni cartel alguno. Ni una cinta encarnada para proteger la milenaria obra humana del público callejero. Allí estaban ellos, a sus seis años, guiados por la curiosidad infantil y las palabras improvisadas de uno de los padres que les acompañaban. Escudriñaban un retal de su propia historia, un lienzo abandonado de la muralla que envolvió la Valencia árabe desde principios del siglo XI. Un retal de piedra y de mil años de antigüedad escoltado por grafitis. Uno de ellos, pirata con loro al hombro, ejercía de mudo vigilante desde el extremo de la calle. Los escolares, ataviados con turbantes blancos, lanzaban sus miradas hacia el cielo ante aquello que los adultos insistían en que era una muralla. “Si tú lo dices, papá…”

Gracias a Vicente Boix, nuestro cronista decimonónico, sabemos que la calle Salinas tiene tal nombre porque allí se vendía sal en el siglo XVII, junto al Portal de Valldigna. Un portal que traspasaron nuestros pequeños transeúntes en un juego improvisado, para pasar de la Valencia mora a la cristiana y viceversa. Sin saberlo, con sus turbantes medio deshechos, repetían el entretenimiento infantil de los valencianitos de ropajes largos de hace unas cuantas centurias.

Luego se toparían con las torres moras de la Mare Vella y del Ángel, serpenteando entre vallas y adoquines frescos, para quedarse con la boca abierta ante la evolución de esos restos milenarios. Sin carteles, sin explicaciones, sin palabras, ante unos pedazos de nuestra historia convertidos en viviendas adosadas. Las mismas torres que descubrió Jaime I cuando llegó en 1238, aunque él las vio de mejor aspecto y unidas por la muralla.

Los pequeños abrieron en esta tarde apacible de abril la puerta al pasado árabe de una ciudad que no abarcan todavía. Ahora sólo reconocen como propios los clásicos escenarios infantiles: casa, parque y colegio. Y también casal. Los adultos, gobernantes y gobernados, nos hemos empeñado en acotar el radio de acción urbana de nuestros locos bajitos. Parques, chiquiparques, bioparques, parques de bolas, gulliveres… en suelos acolchados, pavimentos de goma y envueltos en algodón. Les hemos diseñado unos itinerarios de colorines y cartón piedra, como los que atraviesan las tiendas de Ikea, para que no se salgan del carril.

La ciudad es también de ellos. Callejear es una afición que se hereda de niño. No se trata de infantilizar nuestra ciudad, de poner cartelillos y pegatinas de Mickey Mouse por la calle. Ni colgar globos en los balcones. Se trata de hacerla accesible a padres y niños a la vez, de la mano. Accesible al paseo y al disfrute. Ocioso y cultural. Traspasar el umbral de las Torres de Serranos y enfilar su calle homónima no es apta para menores de edad. Lucen dos rombos callejeros. Ceras estrechas, andamios y coches. Muchos coches. Valencia pide a gritos más calles peatonales. El claxon interrumpe bruscamente cualquier contemplación ante los portales de la calle Caballeros o las postales del estudio Sanchis en la calle Serranos.

Retales de vidas pasadas - Unas colección de historias familiares salvadas del olvido

Valencia es una ciudad que, a veces, no se deja querer. Se esconde y se abandona. En la narración de este paseo familiar, ajeno a las organizadas rutas del despilfarro, faltaba el regreso. Una vuelta a casa, lenta y cansada, por la calle Sagunto. Junto a esta transitada vía yacen sepultados por toneladas de tierra, desde hace escasas semanas, restos arqueológicos anteriores a la fundación romana de Valencia. El yacimiento de la calle Ruaya llegó tarde para incorporarse a la excursión familiar. Un pasado íbero que ha enmudecido cerca de donde se escucharon las voces de Nino Bravo y Concha Piquer. Un cartel indica la finca donde vivió el de Ayelo de Malferit y otro señala la casa donde nació la inmortal cantante. Los valencianos sufrimos, a veces, de una memoria histórica muy corta y selectiva. Quizás sea nuestra asignatura pendiente, para escolares de primaria, padres, docentes y gobernantes.  Recuperar la Valencia de siempre para todos.


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