Tras las huellas de los artesanos de Na Jordana

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Hubo una época en que el olor y el sonido que despedían las casas delataban el oficio de sus moradores. El sonido monocorde del cincel, el martillo o el serrucho se mezclaban con el aroma que desprendían el cuero, la madera o el latón. Añadan la peculiar fragancia de una vaquería y el murmullo de una ‘botigueta’ y ya tienen la estampa viva de un barrio. El retrato de una calle dibujado por sus propios vecinos.

Repasando los escritos de Juan Luis Corbín Ferrer (Valencia, 1927-2005) sobre el barrio del Carmen me llamó la atención la cantidad de talleres artesanos que se arracimaban en la calle Na Jordana y vías adyacentes. Así que salí a la calle en un nuevo ejercicio de periodismo mochilero, en busca de los recuerdos desgranados por el popular sacerdote.

La plaza del Portal Nou recibe al caminante, autóctono y foráneo, con una colección de grafitis espolvoreados por muros y fachadas abandonadas. Manos anónimas y rebeldes que pasan del arte urbano a la pintada callejera. No se salva ni el Convento de San José, mudo y despellejado. Ahora en estado de coma y con incierto futuro. Vertedero de churrerías eventuales.

La calle de Salvador Giner tiene una doble vida solapada. A mi diestra se suceden hornos, restaurantes, arrocerías y pubs. A mi derecha, un solar inacabable cercado por muros medio derruidos. Hasta hace nada, un enorme cartelón nacía de los yerbajos invocando un sueño imposible: “Nueva promoción. 33 pisos y 10 adosados de alto standing“.  Unos cuantos pasos más y un flashback en forma de retablo cerámico nos devuelve dos siglos atrás. Napoleón se corona emperador y el artista Juan Bru Plancha pinta  sobre 25 azulejos la figura de San Onofre, patrón de esparteros y alpargateros. Ahí permanece, desde 1804, lo que el Ayuntamiento de Valencia en un informe municipal de 2010 define como “espacio etnológico de interés local”. Y destaca: “El riesgo de destrucción es alto; es un retablo de calidad excepcional, fechado y de un gran valor histórico”. Sólo falta rezarle al propio San Onofre para que aguante el edificio que lo sustenta.

Al adentrarnos ya en Na Nordana y en la esquina de la plaza de Pere Borrego i Galindo, un latinajo nos recordaba la fugacidad de la vida. Y de los negocios, añado ahora. ‘Memento mori’. (‘Recuerda que morirás’). Era el nombre de una tienda gótica. En lugar de los ropajes oscuros propios de esta tribu urbana se adivinan ahora por el escaparate patatas viejas y nuevas, blancas y rojas, ofrecidas por ciudadanos llegados del Punjab.

Retales de vidas pasadas - Unas colección de historias familiares salvadas del olvido

bargueñistaSaco del bolsillo el listado de artesanos e inquiero por ellos a un vecino apoyado en uno de esos balcones floreados y alineados en las fachadas verdes y azuladas de la calle. Con el cigarro en la mano me va señalando desde las alturas los huecos que han dejado los artistas ausentes. En el número 13 tenía su taller Luis Carretero, al que Jorge Aguadé denominó hace tres años ‘el último bargueñista’. Se retiró. Mientras descansa en el Camp de Túria, dos pegatinas lucen junto a su nombre en la fachada del taller: ‘Rememore’ y ‘Olfatee’. Una anónima invitación a seguir el paseo.

En el número 6 no hay rastro alguno de la casa obrador del último abaniquero, José Lorente. Él y su esposa Victoria Sousa Genovés, ‘Victorieta’, han puesto su arte a este sencillo instrumento de coqueteria y frescor. Manos y voces sabias para la artesanía tradicional, en forma de palmito, ventall y cant d’estil.

Un par de ‘rajoletes’ y un timbre enmarcado en un sencillo trabajo de orfebrería con la marca de la casa, revelan que en el número 23 de Na Jordana hay vida y artesanía. La familia Piró abre las puertas de su taller a este periodista sin cita previa. Más de 60 años en esta casa obrador del Carmen. Una saga iniciada por su fundador, Antonio Piró García, hacia 1925, y reanudada tras la Guerra Civil. Sus hijos María José, Antonio y Enrique Piró López aprendieron de su padre ya en la calle Na Jordana.

Precisamente los nietos del fundador son los que me reciben y me descubren en las vitrinas del recibidor su producción artesana. En sitio preferencial los retratos del iniciador de la saga y su esposa Josefina López Catalá, además de la hija de ambos, María José. La devoción a la ‘Geperudeta’ y el fervor religioso de su clientela salen de aquí convertidos y aumentados en forma de imágenes, cálices, cruces, relicarios, arquetas, candelabros, custodias y coronas. Son encargos que llegan desde obispados, arzobispados, parroquias y fieles sencillos. Desde las réplicas del Santo Cáliz hasta báculos para obispos y la corona de plata para una Virgen de adoración doméstica y particular. Trabajos que prosiguen la línea de recuperación del patrimonio religioso dañado entre 1936 y 1939. Y que se engrandece en exposiciones como La Luz de las Imágenes.

La Virgen de los Desamparados preside varios ejemplos de orfebrería nacidos de las manos de la familia Piró.

La Virgen de los Desamparados preside varios ejemplos de orfebrería nacidos de las manos de la familia Piró.

Mientras charlo con Gabriel Piró Mascarell, director técnico de la firma, salen al encuentro el resto de sus hermanos, Vicente, Pablo (director artístico) y María José (directora gerente). “Somos artesanos. Sólo quedamos en Valencia nosotros y David, en Guillem de Castro”, destacan. Será a la hora de escribir estas líneas cuando descubra, leyendo a Cots Morató, que el mismísimo Concilio Vaticano II, en 1962, provocó el cierre de muchos obradores por los cambios en la liturgia. La paciencia es una de las virtudes innatas del orfebre. Y la resistencia.

Lejanos de la fabricación industrial y en serie, para la familia Piró cada pieza, cada encargo es único. Formados en el oficio y en las facultades de Historia y Bellas Artes, esta tercera generación de orfebres recoge el testigo de las manos de su padre. Manos de orfebre y de organista. Las de Antonio Piró López. Manos que crean, recrean y restauran. En cualquier recorte de prensa o publicación local que anuncia la recuperación de alguna pieza de orfebrería religiosa se aprecia la huella de los Piró. El patriarca posa con sus cuatro hijos en el taller. El quinto, Fernando, desarrolla su labor de orfebrería de autor en Zaragoza, como embajador en Aragón de la tradición familiar. Decenas de herramientas esparcidas y algún elemento moderno. “Esto también lo utilizan los dentistas”, sonríe Gabriel mientras me enseña un torno eléctrico. Cierro la boca ipso facto. Temo por mis muelas.

Antonio recuerda el día que le entregó al padre Corbín unas cuartillas manuscritas sobre sus recuerdos en Na Jordana. Entonces tenía enfrente al tallista de madera Rafael Carbona y existía “la botigueta del señor Juanito”, rememora. Ahora en la entrada de la calle, como un empaste en lo que era un portalón encarnado figura empotrado un expendedor automático de refrescos y sandwiches. ‘Open store 24 horas’. Todo ello al lado de la caries urbana que es el pasadizo que conecta Na Jordana con la plaza de Jesús Maroto.

Antes de la despedida se escapan algunos recuerdos más. Cuando la riada del 57 bloqueó las puertas del taller y Antonio tuvo que bajar por una cuerda desde una vivienda superior. El traslado del monumento fallero de Na Jordana sobre un cachivache con ruedas. El cierre del taller de Esteve Edo en Blanquerías. La reciente muerte de otro orfebre que trabajó en sus inicios en el barrio, Rafael Grafiá Jornet. La marcha de la tornería de Ribes a un polígono industrial. Antes de abandonar el local, los hermanos Piró Mascarell posan con su padre, Antonio Piró López.

La calle multicolor y el campanario de luto al fondo.

La calle multicolor y el campanario de luto al fondo.

Concluyo mi visita improvisada a los Piró y cierro el recorrido por este rectilíneo vial urbano, marcado en los extremos por la desangelada espalda del IVAM y por el campanario de la Iglesia de Santa Cruz, cubierto ahora con un velo negro en actitud piadosa. En lugar de ruidosos y oscuros talleres artesanales florecen en Na Jordana asépticos y acristalados estudios de diseño y arquitectura. Unos sobreviven y alguno ha cerrado o ha mudado tras una vida breve. Mientras, el Museo del Carmen acoge una exposición de diseño sostenible finlandés: ‘Now Here Finland 2012’. Cosmopolitismo y globalización lo llaman. Que se lo digan al señor Juanito.


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