Recuerdos y vivencias en forma de ‘performance’

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Hay días que este periodista caminante recibe fogonazos en el alma que le dejan desorientado. Sucedió la otra mañana en el centro cultural de la Beneficencia de Valencia. Una algarabía infantil aliñada con el ruido de dados se asomaba al acabar el ya conocido recorrido por el Museo de Etnología. Allí, en ese espacio recreado como ‘casinet de poble’ y sin olor a caliqueño, los pequeños ­-bisnietos y tataranietos quizás de labradores de la Vega valenciana o del secano manchego- jugaban en las mesas al ‘Joc de l’Horta’. Un divertimento idéntico al clásico Juego de la Oca, donde el tablero muestra encasilladas distintas escenas de labranza. Un par de barracas adornan la casilla de salida. Puestos de frutas y verduras reciben a los ganadores en la casilla final, donde una niña pelirroja da buena cuenta de una jugosa sandía. Hasta aquí, todo normal y natural. Tampoco es cuestión de acercar la ‘terreta’ a infantes de Primaria con el manejo del tractor.

Los brillos de unos tubos de neón con las palabras ‘Horta & Marjal’ y nuestra hermosa figura reflejada sobre dos espejos esquinados alertan de que estamos a punto de traspasar el umbral. ¿Hacia dónde? Todavía seguimos  sin saberlo. Los tonos sepias de las salas anteriores se han difuminado. Un mar de suelos y paredes blancos envuelve al visitante. No sé si he caído en algún experimento cultural ideado por algún técnico atrevido del ente provincial. A mi derecha una alcachofa encapsulada en un monitor blanco cede su lugar en la pantalla a un melón con estrías oscuras. Se encadenan imágenes reales en las pantallas de una media docena de televisores sostenidos sobre una pata plateada. Flamencos albinos en marcial formación. Como telón de fondo, la fotografía aérea, en blanco y negro, de un pedazo de huerta.

En cada cubo visual hay impresas unas coordenadas geográficas con sus respectivas leyendas: ‘Albufera de Valencia’, ‘Huerta del Segura’, ‘Horta de València’… Por un momento me viene al recuerdo el columbario del parisino Père-Lachaise y un pensamiento: “Aquí yacen los restos de la tierra que un día trabajaron…”. Sacudo la cabeza. Ahora son los rostros de huertanos anónimos, con sus sombreros de paja y la azada en la mano, los que se asoman por la pantalla, entre imágenes de acequías y alquerías encaladas. Pero no hablan, están quietos y mudos. Ciudadanos de plasma, como nuestro presidente.

Un botijo, una silla de enea y un pequeño capazo de esparto. Todos pintados de blanco. Como los tubos de neón. Un blanco aséptico y atemporal. Aquí no huele a nada, ni a abono. La huerta abarca un amplio abanico de fragancias. Olors i pudors. No sé si estoy en 2013 o en 2031. He envejecido de repente. Más pantallas. Alquerías y barracas enmarcadas. Carros, cebolleras y palmeras. Sólo si le das al botón, hablan y relatan su vida en el campo. ‘Aigua de la meua font’. ‘Dins, fora’. Palabras, frases sueltas, loor a la tierra que vive, sobrevive… ¿y muere?

Un muro de basquets, cajones de fruta con su color natural y apilados como nichos vacíos, preside la última sala de la muestra. Pimientos encarnados en un basquet mutado en monitor. Frutas sin olor. Aderezos y herramientas de uso cotidiano convertidas en piezas de museo. De la alacena al escaparate. Del armario al museo. Huertanos y barracas de porcelana. Y esa luz blanca que no se despega de la piel. Aquí no llega el sol, la brisa ni la frescoreta. Toca buscar la salida, volver con Alicia al otro lado del espejo. Con pensamientos sueltos en los bolsillos. No sabemos si hemos visitado un museo o un panteón. Dejamos atrás a una sonriente Imperio Argentina al teléfono. Figura del cartel de ‘El novio de mamá’, producción de Cifesa y con Florián Rey a la dirección.

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Pero el blanco y negro no nos abandona. Decenas de imágenes de la ciudad que fue y aún perdura. Retratos de los ciudadanos que fueron y ya no están. ‘València en blanc i negre II’. Una recomendable exposición en los patios de la Beneficencia ya glosada en estas páginas. ¿Hemos dicho páginas?  Nuestro oficio nos delata.

Una última imagen, una instantánea se incrusta en la retina. Un campo labrado y acabado de regar. Unos caballones que convergen en dos barraquetas. Una estampa común en la ciudad que fue y todavía es. Da fe de ello el barro hasta la rodilla que nos llevamos de regalo en nuestra excursión de periodista mochilero y urbanita por el Racó de l’Anell. ¿Qué es pieza de museo y qué es todavía un retazo de vida? ¿Donde trazamos la recta que divide recuerdo y vivencia?

Ahí quedan flotando esos interrogantes mientras nosotros seguimos transitando por calles, archivos, huertos y rincones extraviados de nuestra memoria colectiva. Retales de vida en forma de ocurrencias improvisadas. Nacidas a golpe de teclado para su libre consumo en pantallas de múltiples formatos. Etnología y tecnología a su alcance.


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