El día que doña Concha recuperó su casa

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Unas coplas escuchadas durante la infancia en un transistor amarilllo nos sirven de aderezo musical para contarles la pequeña historia que se esconde tras un rincón coqueto y amueblado de Valencia. Y lo hacemos en una jornada cualquiera, apagados los ecos de la sobredosis propagandística del Día Internacional de los Museos. Es lo que tienen los ‘días internacionales de…’, que saturan a veces nuestras neuronas durante 24 horas con loables iniciativas, que luego se olvidan hasta la siguiente cita en el calendario. Mientras la criatura de Marconi nos regala sus melodías esparcimos sobre la mesa un par de recortes y un puñado de recuerdos. Retiro las manos del teclado para tararear:

“La Lirio, la Lirio tiene, tiene una pena la Lirio.
Y se le han puesto las sienes moraítas de martirio”.

LP 07/08/1994

LP 07/08/1994

Letrillas de un pasodoble cantado mil y una veces por Concha Piquer, a la que un periodista becario y aburrido acudió en busca de inspiración en agosto de 1994. Aquel joven veraneante en Vara de Quart encontró en una casa abandonada de su barrio, en la calle Ruaya, la materia prima para un artículo. Una vivienda ‘okupada’ y “a punto de derrumbarse”, según dejó escrito en un ejercicio de primeriza exageración periodística. Un cartelillo la hacía diferente a las de su misma manzana: “En esta casa nació Concha Piquer”.

Así surgió una apañada crónica-lamento en el diario decano sobre el estado de abandono de la casa natalicia de la artista, fallecida cuatro años antes. Fueron doce módulos y una apertura a cuatro columnas. Unidades de medida de la prensa de papel que suenan añejas, como la lliura valenciana, la arroba, el chavo o la ‘fanegà’.  Aquel escrito dominical plasmaba las frustradas negociaciones entre la cantante y la familia propietaria por la compra del inmueble. Doña Concha no se rascó el bolsillo y la dueña no la rehabilitó. La casa natalicia siguió en su letargo.

Como el papel es muy sufrido y la memoria frágil, aquel reportero principiante esperó a que llegara septiembre y el mundo echara a rodar para volver a las andadas. Nuevo reportaje a cuatro columnas. Esta vez en página impar. “La casa natalicia de Concha Piquer continúa sin ser rehabilitada, a pesar de estar protegida”. En aquel artículo de principio de curso se hablaba del informe municipal que instaba a los propietarios a mejorar el estado del inmueble. “Una casa que no ha dado más que disgustos”, según alegaban los dueños.

LP 12/09/1994

LP 12/09/1994

Para acabar con disgustos y abandonos medió tiempo después la alcaldesa de Valencia. El Ayuntamiento puso los millones sobre la mesa y aquella vivienda, “con la puerta mal tapiada con tablones de madera claveteados”, cambió su alma. No hizo falta que cayera un rayo en el Miguelete como sucedió el día que nació la cantante de ‘Ojos verdes’ en la calle Ruaya. La hija, Concha Márquez Piquer, se ahorró unos buenos duros y la vendedora más disgustos.

El Día del Libro regala historias familiares

La vivienda volvió a abrir sus puertas como casa museo en 2001. “Es el premio máximo que Valencia le ha podido dar”, se expresó orgullosa en su inauguración la hija de la artista valenciana, que hubiera cumplido 95 años en esos días. Y aquel redactor novel, convertido ahora en veterano recolector de recuerdos y añoranzas, sonrió al saber que las melodías maternas que adornaron su infancia encontraban un merecido refugio.

Pero la sonrisa se tornó en mueca a la hora de la merienda. Sucedió en una reciente visita vespertina al museo de la tonadillera. “Disculpe, no se pueden hacer fotos”. Allí, entre castañuelas, partituras y baúles noté una ausencia. “A los retratos no puede hacerle fotos”. Algo era, algo faltaba, había una pieza de puzle huérfana. “No puede fotografiar los vestidos”. Doña Concha miraba desde las portadas de sus discos, desde los recortes de prensa, con su porte orgulloso. “Sólo puede hacer fotos a los baúles”. Invocamos en silencio a Quintero, León y Quiroga.

“Te quiero más que a mis ojos,
te quiero más que a mi vida,
más que al aire que respiro
y más que a la madre mía”.

Y al descubrirnos tarareándola en soledad encontramos la respuesta al enigma. En la casa museo de la cantante no se escucha su voz. El arte de Concha Piquer ha enmudecido en el mismo lugar donde se oyeron sus primeros lloros. Todo son reliquias de la temperamental intérprete pero falta su verdadero legado artístico, su voz. “Si quiere le pongo un audiovisual; es para las visitas guiadas”. Un documental de Canal 9 es lo único que se oye y previa petición. No da vueltas el giradiscos. No hay casetes, cedés ni vinilos que suenen. Los que hay están colgados en las paredes, desnudos y enmarcados. No hay auriculares para acercarse a los labios de la valenciana más internacional. No hay souvenirs sonoros.

Salgo a la calle en busca de su voz. Acudimos a ‘Oldies‘, a espaldas de la Iglesia de San Agustín. Entre miles y miles de discos nos muestran cuatro piezas de colección y devoción a Concha Piquer. No les sorprende que preguntemos por ella. “Si alguien viene por algún disco suyo es porque la ha oído cantar, porque ha escuchado su voz”. Y sorprenden los precios. Entre 3 y 6 euros. Por lo que vale un bocata de calamares con caña incluida se puede llevar uno a casa un LP de vinilo publicado por EMI-Regal en 1966 con los grandes temas de la Piquer.

Marchamos temerosos a la FNAC en busca de soportes más modernos. Allí, el dependiente nos acompaña a la sección ‘Sevillanas/Rumbas’ y nos saca dos cedés. Uno con la madre y la hija compartiendo portada, ‘100 años. Concha Piquer canta junto a Concha Márquez Piquer’; el otro con un título directo y claro: ‘La Piquer vive’. Y lo hace entre los estantes de las tiendas de discos y en el cancionero de nuestra ciudad. Sólo falta que nuestros munícipes rompan el silencio de la casa museo de nuestra hija más ilustre, que descansa lejos de su tierra. En el madrileño Cementerio Sacramental de San Isidro los restos de la valenciana Concha Piquer yacen en el panteón familiar con Antonio Márquez, “el torero de Cristal”, y su nieta Coral. Y una leyenda grabada: “Madre, aunque aquí yaces, tu voz no se extinguirá jamás”.


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