Las hojas ausentes de nuestro árbol

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No están. No figuran. No aparecen sus nombres ni sus caras en nuestros árboles genealógicos. Y eso que han sido testigos de nuestros sufrimientos, guardianes de nuestros secretos y tierra firme en momentos de zozobra y desasosiego. No tenemos sangre en común a pesar de haber compartido madrugadas, silencios, duelos y sonrisas. Siempre han estado allí. Desde el primer momento, desde la infancia y hasta la senectud. Pero no los herederán nuestros hijos. Se irán con nosotros. Son ellos, ellas, él o ella. Eres tú, amigo.

Por mucho que los genes nos condicionen, hay sustancias que no pululan entre nuestros hematíes y que conforman también nuestra manera de ser, nuestro modo de entender la vida. Esa sustancia vital la hemos heredado en el recreo, en la guardería, en el instituto, durante la infancia, el bachiller o la EGB. En la mili, el taller de costura, la partida de cartas en el casinet o la alquería… Son ellos, nuestros amigos y compañeros, las hojas ausentes de nuestro árbol genealógico.

En genealogía les hemos reservado el lugar de los testigos, que observan y miran sin hablar. A pesar de que pueblan más que nadie las hojas de nuestros álbumes de fotos. Sabemos más de ellos y ellos de nosotros que de nuestros propios padres o abuelos. Han custodiado nuestras dudas e incertidumbres. Y han iluminado unas cuantas jornadas nubladas. Sabemos quienes son a pesar de que a algunos les perdimos la vista.

Al hurgar en las escrituras, antiguas y modernas, los descubrimos como testigos de matrimonios, bautizos, compraventas y testamentos. En las alegrías y apreturas de la vida, en los negocios y la cercanía de la muerte. Cuando consultamos los libros parroquiales y los registros civiles les solemos dejar a un lado y no tomamos nota de sus nombres. Nos parecen accesorios, personajes secundarios.

Creemos que no sirven de alimento a nuestro árbol genealógico, que no ayudan a alcanzar la generación anterior. Sólo hace falta dirigir la mirada a nuestro momento actual y comprobar, a través de nuestros abuelos, padres y nosotros mismos, que ellos fortalecen el tronco que aguanta nuestra ascendencia pasada y nuestra descendencia futura.

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A las aladas almas de las rosas
de almendro de natas te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero.

 


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