“Mira, mira, qué señora tan fina”

Por | · · · · · · · · | Genealogía doméstica | 2 comentarios en “Mira, mira, qué señora tan fina”

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Son escasas las reseñas de aquel 2 de abril de 1728. Pero debió de ser un día diferente para una villa industrial y agrícola como era Enguera en el siglo XVIII. Aquel viernes recibía el sacramento del bautismo la pequeña Rita, hija y nieta de una saga de notarios: los Cabezas. Como madrina acudió la condesa de Baños, doña María Ana de la Cerda, que a su vez era también condesa de Elda, Anna y señora de Enguera. Escribe la crónica de sociedad un sexto nieto de la bautizada, un servidor de ustedes.

 

Los progenitores de Rita, Januario y Teresa, llevaban tres días sin dormir desde que llegó la criatura a casa. En realidad, quien menos conciliaba el sueño era la madre, todavía con los dolores del parto latentes. Don Januario huía de los llantos de su hija entre los papeles de la escribanía, heredada de su padre Cristóbal. Allí seguían acudiendo tejedores, peraires y labradores para comprar, vender, testar, fiar… ajenos a los asuntos domésticos de la familia Cabezas. Pocos besos regaló a su hija en aquellos primeros días, liado como estaba entre protocolos, rebedores y notales.

 

La recién nacida seguía en el limbo, más de 72 horas en la antesala de la cristiandad, pendiente de que la señora condesa, doña María Ana Josefa de La Cerda y Rocaberti, tuviera a bien resolver los asuntos de la semana y acercarse a Enguera para acompañarla en la pila bautismal. Hacía más de de 16 años de la muerte de su esposo, don Francisco Coloma Pujades y Borja, y los años pesaban como losas de piedra para la condesa de Baños. Pero tenía un compromiso en Enguera, como señora de la villa, y no podía excusarse. Ya era viernes.

 

Allí la recibió todo el pueblo. En la Iglesia Arciprestal de San Miguel Arcángel. Dados los achaques de doña María Ana, la comitiva decidió acceder al templo por la llamada puerta del Hospital y no por la escalinata principal. “Muchos peldaños para tan flacos huesos”, debió de pensar alguien con gran sensatez. Los vecinos se arremolinaron en el carrerón del cura, en lo que fue el carrer de Antoni Simó. “Mira, mira, qué señora tan fina”, exclamó una vecina con dos mocosos agarrados a sus faldas.

 

Apenas se le veían los ojillos a la pequeña Rita, embutida entre blancas puntillas. Se da por descontado que lucía ropajes de las mejores marcas de la época. Don Januario iba lustroso y elegante, con el bigotillo arreglado. Y las manos bien limpias, sin rastro de tinta. Teresa logró disimular un poco las ojeras de su maternidad reciente. Don Tomás, el señor cura, no podía ser menos. Las siempre hacendosas Catalina Ciges y Manuela Simón le habían dejado la casulla reluciente.

Genealogista rima con trapecista

 

No constan en las crónicas de aquel día si sonó el típico canto popular valenciano, aquel que decía con atrevimiento y sarcasmo:

 

“El padrí pollós, que no en tira dos.
La padrina picolia i el padrí, picolí.
Si no tiren confitura, morirà la criatura”

(“El padino piojoso, que no tira más de dos.
La madrina roñosa y el padrino, roñoso.
Si no tiran confitura, morirá la criatura”)

 

Quizás el padrino y también abuelo de la niña, don Cristóbal Cabezas, familiar además del Santo Oficio, repartió algunas monedas entre el vecindario para apaciguar sus ansias cantarinas y burlonas.

 

En un momento de la liturgia, entre los latinajos de don Tomás, la elegante madrina dejó escapar unos cuantos recuerdos. Aquel 1695 en que se desposó con Francisco. Cómo recordaba todavía todos los detalles de la ceremonia. Ella puso su condado de Baños y él el condado de Elda. Y unos cuantos señoríos más, valencianos y andaluces. Aquellos amargos años de la Guerra de Sucesión contra los partidarios del Borbón. Cómo consiguió su añorado Francisco ser Grande de España, gracias a su arrojo en tierras alicantinas en el bando del Archiduque Carlos. Pero llegó la Batalla de Almansa y la coronación de Felipe V. Años de destierro. Bienes confiscados. Francisco Coloma Pujades y Borja sólo regresó a Valencia para morir, en los primeros días de marzo de 1712, ahora justo hace 302 años.

 

Don Tomás Fortea, como oficiante de la ceremonia, dejó escrita con esmerada caligrafía los detalles del bautizo de Rita Cabezas Cabezas, un sugerente guión para el relato que hemos trazado en estas líneas. Antes de estampar su firma, el señor cura inscribió en el libro parroquial el nombre de la nueva cristiana. Contengan la respiración: “Francisca de Paula Teresa Rita Christofola Inacia Buenaventura y Caetana”.

 

La condesa de Baños (y también marquesa de Ladrada) regresó a sus aposentos tras esta breve jornada en tierras valencianas.  Moriría apenas tres años después en Madrid, sin llegar a ver cómo su ahijada Rita uniría su destino al de don Joseph Juan Calatayud, un escribano de Elda recién llegado a Enguera. El futuro de la buena familia estaba garantizado. Como ha quedado demostrado en este pequeño retal de la historia familiar: los notarios los crían y ellos se juntan.

 

Un par de apuntes a modo de epílogo para nuestros fieles seguidores. Rita Cabezas Cabezas se convertiría décadas después en la abuela paterna de nuestra entrañable María Rosario. Además, el padre de esta última rompería la tradición familiar al no dedicarse a la notaría. No, no. No crean que se hizo titiritero, quincallero o cómico. Se convirtió en boticario. Ahí es nada.

 

Post Scriptum: La fotografía que ilustra estas líneas, procedente de los archivos del Museo del Traje (Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico), fue tomada por el fotógrafo francés Jean Laurent y Minier (1816-1886). Muestra el cuadro pintado por el artista sevillano Manuel de Ojeda y Siles (1835-1904) ambientado en un bautizo de una ciudad valenciana.


2 Comments

Marina dice:

13/03/2014 at 10:05

Gracias por tus articulos, me hacen “vivir” la genealogia.

Saludos. Marina

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Familia Limonge dice:

12/03/2014 at 10:07

Siempre es un placer leerte. Para mi tus palabras se unen a imágenes muy valencianas . También hay recuerdos de cuando era niña y se vivían esos festejos en el Cabañal, donde todos los vecinos participaban de estos acontecimientos. Y ese canto popular que tantas veces he escuchado, y el tirar monedas al aire para que los niños recogiéramos con tanta rapidez . Aun habiendo pasado los años , en el fondo las situaciones son las mismas y siempre hay una señora fina que acude como madrina a un bautizo o una boda y en esos nuestros pueblos hay ojos que fijan sus miradas en ellas y son motivos de comentarios días después. ¡Preciosa historia, gracias Enrique !
Un saludo, Hortensia

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