Hijos de la adversidad

Por | · · · · · · · · · · | Investigación | 3 comentarios en Hijos de la adversidad

Share on Facebook118Tweet about this on Twitter

Unos llantos débiles y entrecortados debieron turbar la duermevela de Gracia y Manuel en aquel segundo sábado de septiembre de 1810. Fueron aquellas unas noches inquietas por el asedio del francés. Los gemidos infantiles procedían de la ventana. “Vaig a vore què és…” le susurró Manuel a su esposa, aunque ambos sabían de sobra el origen de los sollozos. La historia se repetía.

 

“És una xiqueta”. Como hace apenas cuatro años, en una noche de octubre de 1806, una criatura se asomaba a la vida en el alféizar de la ventana de este matrimonio de l’Ènova. Esta vez era una niña. Ni rastro de las manos que la abandonaron. Manuel terminó de vestirse y acudió a casa de José Doménech, el alcalde, para comunicarle el hallazgo y activar el protocolo de rigor para estas situaciones de emergencia. Más tarde se acercaría también a la casa abadía, para que la criatura fuera bautizada con la mayor celeridad posible. Mientras tanto, Gracia adecentaba y daba calor a la recién llegada. La mujer se acordó de Narciso Victorio y el día que se lo llevaron de sus brazos. Ahora estaría a punto de cumplir cuatro años, donde quiera que esté. Si todavía vive. Suspiró y se santiguó.

 

La población valenciana de l’Ènova, a tiro de piedra de Xàtiva (llamada entonces San Felipe tras el bautismo de fuego del monarca borbón en 1707) no vivía ajena a los acontecimientos históricos que sacudían el país. Y eso que l’Ènova era apenas un punto en los mapas del mariscal Suchet. La sombra de las tropas napoleónicas acechaba las riberas del río Albaida. A pesar de todo ello, las gentes seguían con sus rutinas.

El primer abrazo maternal

El cura cogió el tintero y plasmó la buena nueva en los libros parroquiales: “En la Parroquial Yglesia de la Universidad de Las Énovas, a los nueve días del mes de septiembre de 1810 bauticé solemnemente a una niña de padres no conocidos, que se encontraba en la noche anterior a la ventana de Manuel Ribera, vecino de esta Universidad, a la que bauticé sub conditione por no haberle encontrado instrumento alguno que acreditare que no estaba bautizada. Tuvo por nombre María Gracia”. El padrino fue el alcalde y la madrina, Gracia, la primera que la abrazó contra su pecho.

 

La mujer se encomendó a la patrona de l’Ènova -cuyos vecinos honraban esos días de septiembre a la Virgen de Gracia- para que cuidara de aquella criatura mientras se la llevaba la procuradora de expósitos, camino del Hospital General de Valencia. Allí estaba en aquella época la popular Inclusa, que acogía a los niños abandonados y huérfanos de la provincia de Valencia y alrededores. La historia se repetía. Como hace cuatro años. Algo en la carita de la recién bautizada le hizo recordar a Narciso Victorio. No se atrevió a imaginar si ambos niños compartían madre y abandono. “La fam, la guerra… qui sap?”,  se lamentaba cabizbajo el alcalde mientras asentía serio el sacerdote.

Hazte con un ejemplar de Retales de vidas pasadas

 

Un curtido compañero de batallas genealógicas, Josep Vicent Ferrando, fue el que nos advirtió hace unas semanas del abandono de la niña en la ventana mientras investigaba en los libros parroquiales de l’Ènova. La tentación nos pudo y desde Hojas de Boj centramos nuestra mirada en esta población de apenas un millar de almas, para tirar del hilo en sucesivas visitas al Archivo Diocesano y al Archivo General de la Diputación de Valencia. Descubrimos así que el caso de María Gracia no fue aislado y encontramos poco después el bautismo de Narciso Victorio, abandonado en 1806 en la misma ventana de la casa de Gracia y Manuel.

 

Imagen actual de las calles de l’Ènova. La pasión por el fútbol se luce en las fachadas. (Google Maps)

 

Los libros de bautismos y defunciones de l’Ènova están salpicados de nacimientos y muertes de niños abandonados. Vida y muerte en un suspiro. Criaturas de corta edad, hijos de parroquianos conocidos, se intercalan entre los óbitos de los pequeños expósitos. Casi todos fallecen de calenturas. También anotamos la muerte de Manuel Ribera, que falleció en abril de 1813 sin saber qué le deparó el futuro a María Gracia y Narciso Victorio. Fue a pocas semanas de que Pepe Botella abandonara definitivamente Madrid. Recibió sepultura con el hábito de San Francisco. Igual que don José, el alcalde, que murió en noviembre de 1815. Entre uno y otro óbito, Fernando VII cruzó por aquellas tierras en su regreso triunfal.

 

Andrés, Ignacio, Mauricio, Rosendo, Juan Bautista, Francisco, Eugenia, Silvestre, Remigia, Teresa, Constantino, Simón José, Lorenzo Justiniano… Casi una treintena de niños expósitos mueren en Énova en la primera mitad del siglo XIX. La mayoría venidos de otras localidades. Y de todos ellos dejan constancia los sacerdotes y el vicario de la parroquia en los Quinque Libri. La inscripción como ‘Expósito’ es la primera condena que reciben estos hijos de la adversidad. Otro apelativo poco cariñoso recibe María de San Marcelino: ‘Espuria’. Así lo deja anotado en febrero de 1803 Pascual Vivó, religioso descalzo, en el bautizo de la pequeña, hija de una viuda de 32 años llamada Joaquina.

Un pesebre improvisado

No sólo la ventana de la casa de Manuel se convierte en pesebre improvisado. También lo fue la de Benito Gilabert. Allí apareció un niño, al que llamaron Francisco Josef, en los primeros días de diciembre de 1830, “a las cinco de la mañana, envuelto en un pedazo de manta vieja”. Casi cumplido el primer tercio del siglo XIX, a punto de concluir la década absolutista de Fernando VII, nos tropezamos con Miguel Terol (o quizás Fenoll), vicario de l’Ènova, quien en su juventud debió de hacer sus primeros pinitos como novelista.

Así queda plasmado en el hallazgo de otro niño al anochecer en la puerta de Francisco Richart. Era el 2 de diciembre de 1829 y don Miguel recurre a un gran realismo en la inscripción del bautismo de la criatura: “Se encontró dentro de un capacito de palma con algunas pajas en él. Estaba envuelto con un pañal amarillo y muy usado y dos andrajos blancos; faja blanca; camisita de percal; chaqueta de ídem rojo; dos gorras, la interior blanca y de percal, azul la de encima. Se le puso por nombre Francisco María”.

 

Inscripción bautismal del expósito Francisco María. (Archivo Parroquial de l’Ènova)

 

Don Miguel, el vicario de l’Ènova, habría sido lector fervoroso de Agatha Christie. Veamos lo que deja escrito en el bautismo de Josefa Pascuala el 11 de abril de 1830: “Me la presentaron el alcalde de Abad, segundo anexo de Énova y de mi cargo, con un criado del Molino de la vuelta, quien dijo que oyeron unos golpes a la puerta a la hora de las nueve de la noche anterior. Habiéndose asomado a una de las ventanas vieron que iba huyendo un hombre y advirtieron que en la puerta había un bulto. Al mismo tiempo, oyeron llorar a una criatura”.

 

Prosigue el ministro de Dios con el relato: “Bajado que fue se encontró con dicha criatura metida en una espuerta con algunas pajas y envuelta en las ropas que le acompañan y son las siguientes: camisa de muselina con valona llamada de mil flores; fajador o sayo de lienzo; faja de ‘cotalina’; jubón de indiana; dos pañuelos de colores, el uno blanco y el otro pardo; tres gorras, las dos interiores blancas con bandas y la de encima de indiana; dos pañuelos viejos, de ‘yerbas’ el uno y de bayeta el otro”. Mucho más que una manta vieja. ¿Qué pensamientos anidaron en la madre mientras preparaba el capazo con la criatura recién salida de su vientre? ¿O acaso fueron otras manos?

 

Las curtidas manos de Vicente Llorens, sereno de la acequia de l’Ènova, recogieron de la era de Antonio Martínez, a las afueras del pueblo, un capazo con otro recién nacido. Eran las tres de la mañana del 23 de julio de 1831. De nuevo don Miguel le bautiza y describe con detalle sus ropas: “…camisa de lienzo fino, jubón de indiana, faja de seda, tres gorras, dos blancas y una de percal de color de arco iris”. Culmina con esta licencia poética la inscripción del bautismo de Vicente Bernardo. El padrino fue el sereno que lo encontró.

 

Dos o tres gorras llevaba también Silverio de San Vicente cuando fue entregado a la procuradora de expósitos de l’Ènova, Fabiana Fayos, a las diez de la noche del 19 de junio de 1831. Se lo dieron “diciéndole que no estaba bautizado y que lo bautizaran”, escribió Miguel Terol, antes de añadir que “tenia dos vendas en el melic (ombligo, en valencià)”.

 

Un puñado de enigmas

Una docena de niños abandonados fueron bautizados en este pueblo de la Costera en el primer tercio del siglo XIX. Tantas historias, tantos enigmas en un trozo de tierra tan pequeño de un pedazo de siglo tan intenso. Según las normas y costumbres de la época, ninguno se quedaba en el pueblo y eran recogidos por la ‘caravana de expósitos’ para llevarlos al Hospital General de Valencia, actual sede de la Biblioteca Pública, en el centro de la ciudad. Lo que ahora son largas estanterías de manuales, novelas, enciclopedias, tebeos… antes eran cunas, camas y cambiadores.

 

¿Qué fue de Francisco Josef, Josefa Pascuala, Narciso Victorio, María Gracia, Vicente Bernardo, Silverio de San Vicente…? Énova fue la primera estación de su peregrinaje. ¿Dónde escribieron estos niños los primeros renglones de sus genealogías en blanco? Muchos vencerían a la adversidad y emprendieron su camino, libres de orfanatos e inclusas. Encontraron trabajo y formaron una familia donde poner la primera semilla de su estrenado árbol genealógico.

 

El 7 de diciembre de 1844, ya reinante Isabel II y en los albores de la Década Moderada, era enterrada en el nuevo cementerio, a las afueras del pueblo, Peregrina Modesta de Santa Tecla, natural de Xàtiva (que había recuperado su nombre original con el advenimiento de la Pepa en 1812). La joven de 19 años, que había fallecido de calenturas, estaba soltera, era jornalera e hija de padres no conocidos. Para la joven, l’Ènova se convirtió en la estación término de su periplo vital. Su historia familiar quedó en blanco para siempre.

 

Podéis leer la segunda entrega aquí: ‘Viajes de ida y vuelta a la Inclusa’

 

Post Scriptum: La imagen que encabeza estas líneas es una recreación de un fragmento de la obra de José Nin y Tudó (Tarragona, 1840-1908) titulada ‘Niño abandonado en el hospicio’. Se trata de un óleo sobre lienzo fechado en 1901.


3 Comments

rbmuy dice:

31/03/2014 at 11:27

Leyendo aquí y allá informaciones sobre estos niños (soy descendiente de una persona de apellido Colombo, que asignaban en la Lombardía a los niños abandonados) había entendido que la información tan detallada acerca de las ropas y demás se debía a la posibilidad de que pasado el tiempo la madre/padres del niño cambiaran su situación económica -que casi siempre era el motivo del abandono-, y pudieran encontrar al hijo. Me había parecido lógico, ahora me vienen dudas y me gustaría que explicarais si adjudicarle al cura veleidades de novelista tiene un fundamento en vuestra experiencia o es solo una licencia poética.

Responder

Enrique Boix dice:

31/03/2014 at 11:35

Estimado seguidor. Está en lo cierto. Como comprobé posteriormente en el Archivo de la Inclusa del Hospital General de Valencia, la descripción detallada de los ropajes de la criatura tenía su razón de ser. Cosa que explicaré en la segunda entrega prevista para el miércoles. También es verdad que otros curas no eran tan detallistas en los libros parroquiales como el que señalo. Quizás exageré el rasgo ‘novelero’ del sacerdote.

Muchas gracias por el apunte.

Responder

rbmuy dice:

01/04/2014 at 12:48

No, gracias a tí por tu blog. Leyendo hoy mi comentario suena un poco brusco, disculpas. En realidad a veces se me hace difícil distinguir qué es información veraz en el maremágnum de internet, y me puse a pensar si lo que me había parecido lógico quizás no lo era tanto.
En cuanto al tema en sí, supongo que porque soy madre y porque me costó encontrar a “mis” Colombo, he pensado muchas veces en lo doloroso de esas situaciones; esas notas que parecen detenerse en nimiedades en algún momento podrían haber servido para darle la vuelta al horror de un abandono.

Responder

Deja tu comentario