Viajes de ida y vuelta

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Son muchos los cabos sueltos que quedaron en el anterior artículo sobre los expósitos nacidos y muertos en l’Ènova. Esta segunda entrega indaga entre los miles de papeles del archivo de la Inclusa de Valencia en busca de respuestas. Los niños crecen entre idas y venidas constantes, hambre y miseria, amargura y anhelos, entre sombras y luces.

 

“¿Qué fue de Francisco Josef, Josefa Pascuala, Narciso Victorio, María Gracia, Vicente Bernardo, Silverio de San Vicente…?”, decíamos hace un par de días en la primera entrega sobre los ‘hijos de la adversidad’. Sentíamos cierto pudor por atrevernos a levantar el velo sobre lo que les deparó la vida a estos niños abandonados. Teníamos cierta incomodidad por rascar un poco. Hablamos de casos de hace doscientos años. Se trata de los tatarabuelos de cualquiera de nosotros. Apenas nos separan cuatro o cinco generaciones y sus descendientes transitan ahora ajenos al origen de su linaje. No lo conocen y, quizás, no quieran saberlo. ¿Quiénes somos nosotros para iluminarles a la fuerza, para enfocarles en la cara con nuestra linterna de intrépidos investigadores familiares?

 

Por ello nos adentramos con cierto sigilo entre los miles de documentos que pueblan el archivo de la Inclusa del Hospital General de Valencia. La cantidad ingente de información sobre expósitos entre los siglos XVI y XX refleja la importancia que tuvo siempre Valencia en la asistencia a la infancia abandonada, una de las pioneras en Europa, junto a Barcelona, Roma y Florencia. Así lo destaca Emilia Salvador Esteban, catedrática de Historia Moderna de la Universitat de València, en el prólogo del libro ‘Expósitos en la Valencia de la primera mitad del siglo XVI’, de Emma Jávega Charco.

 

Gracias a la ayuda de los técnicos del Archivo General de la Diputación proseguimos nuestra investigación en la colección ‘Dides e criatures’. Son 820 libros (algunos de tamaño XXXL) con los datos de los expósitos y de sus nodrizas entre los años 1512 y 1977. En el libro de 1806 encontramos a Narciso Victorio, el primero de los dos niños que fue abandonado en la ventana de la casa de Gracia y Manuel. Figuran escritos su bautismo en l’Ènova y las salidas del pequeño de la Inclusa de Valencia. Entró allí el 5 de noviembre y “salió a criar” a las pocas semanas a casa de Manuela, esposa de un “oficial vellutero” de Russafa, actual barrio de Valencia y en aquella época municipio independiente. Apenas estuvo unos días allí. El 8 de diciembre marchó a casa de Mariana, mujer de un zapatero de la plaza del Carmen de Valencia. Sólo permaneció 48 horas allí. Regresó a la Inclusa. Su rastro se pierde en libros de años posteriores…

 

Sala de cunas de la Inclusa valenciana en una imagen de principios del siglo XX. (Barberá Masip)

 

Son habituales las idas y venidas de los niños expósitos. Como Lorenza Andreua. No sabemos su edad exacta pero sí que fue criada por Manuela, mujer de un pastor de Massamagrell. Regresa a la Inclusa el 15 de enero de 1798. El 10 de julio de ese mismo año “se la llevaron para prohijársela Joseph y su mujer Rosa, labradores de Castellar”. No tardarían en devolverla, ya que el 14 de febrero de 1799 se la llevan de nuevo un cordonero llamado Antonio y su esposa Mariana, vecinos de la Parroquia de San Andrés, en Valencia. El 1 de agosto de ese año regresa al Hospital “por orden superior”. Lorenza Andreua ya se había hecho toda una mujer porque el siguiente destino fue para servir. El 14 de octubre de 1799 entró en casa de don Pedro, un empleado en las Rentas que vivía en la calle de San Vicente. No llegó a pasar la Navidad en el hogar que la acogió. Según su expediente, “hizo fuga de casa del amo el 20 de diciembre de 1799”.

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Como explican desde el Archivo de la Diputación, “al cumplir una determinada edad, los acogidos deben abandonar la inclusa y trasladarse a la Casa de Misericordia o a la de Beneficencia o bien salen a servir”. La fuga es otra de las opciones como hemos comprobado.

 

Regresamos a l’Ènova y nuestro artículo anterior. Una seguidora de Hojas de Boj apuntó lo siguiente en un mensaje: “Leyendo aquí y allá informaciones sobre estos niños había entendido que la información tan detallada acerca de las ropas y demás se debía a la posibilidad de que pasado el tiempo la madre/padres del niño cambiaran su situación económica -que casi siempre era el motivo del abandono-, y pudieran encontrar al hijo”.

 

Así es. Más allá del afán literario que creimos percibir en la prosa sacramental de don Miguel Terol, está la necesidad de identificar claramente a la criatura por sus ropajes. En el s. XIX no había pruebas de ADN. En el voluminoso libro de 1830 de ‘Dides e criatures’ recuperamos la pista de Josefa Pascuala. Esta niña, tal como contamos en el capítulo anterior, la habían abandonado en el Molino de la vuelta. El vicario de l’Ènova describió su atuendo con gran detalle. La documentación de la inclusa recoge de nuevo la ropa que llevaba la criatura al ingresar. Y ya no es la misma:

 

Inscripción de Josefa Pascuala en el libro de ‘Dides e Criatures’ de 1830. (Archivo Diputación de Valencia)

 

Como se aprecia en la imagen -que por ello hemos decidido publicarla- la pequeña Josefa Pascuala no sufrió las idas y venidas habituales. Fue bautizada en l’Ènova el 11 de abril de 1830, llegó al Hospital General el 14 de abril del mismo año y falleció apenas un mes después, el 11 de mayo. Fue una expósita de vida fugaz.

 

Por su parte, Francisco Josef, abandonado también en l’Ènova y envuelto en sólo un pedazo de manta vieja, llega a la Inclusa mejor vestido. Su expediente refleja que llevaba “camisita vieja de percal, juboncito viejo de trafalgar, camisita vieja de percal a rayas de morado y encarnado, por pañal un trapo viejo, por culero un pedazo viejo de vayeta encarnada, faja nueva de algodón punto de media, medio pañuelo viejo de seda rayado de azul y amarillo”. De él sabemos que se dio a criar dos días después a una familia de labradores de un pueblecito de la comarca castellonense del Alto Palancia.

 

Pero los niños expósitos no son los únicos que pueblan la Inclusa del Hospital General de Valencia. Decenas de huérfanos llegan de la mano de algún vecino, algún familiar desesperado u obligados por la autoridad competente. Es aquí cuando la lectura de expedientes llega a su punto dramático. Si Charles Dickens hubiera nacido en Valencia y se llamara Carles Sanchis habría encontrado material para una producción literaria sin fin. En 1834, mientras el literato inglés ejerce en el Morning Chronicle de periodista político, el Ayuntamiento de Alboraya hace un llamamiento desesperado a la Junta Directiva del Hospital General de Valencia. El cólera castiga sin piedad a los valencianos.

 

“Habiendo fallecido víctimas de la enfermedad reinante el matrimonio formado por Mariano y Manuela han dejado en el mayor desamparo a cinco hijas de menor edad, entre ellas una de 6 meses. La compasión que excita la desgracia de estas criaturas me estimula a dirigirme a usted para que se admita y dé lactancia en ese Hospital General a la indicada niña”. Nodrizas, amas de leche, madres recientes son requeridas en todos los rincones de la provincia. Bebés salen de la Inclusa a casas de familias de otros pueblos y ciudades en busca de leche, sustancia vital para la infancia. Se convierten en madres de niños ajenos.

 

Lo pudimos comprobar también en los Libros Parroquiales de l’Ènova. Rosa, esposa de Francisco Maiques, amamantó a unos cuantos expósitos en el primer tercio del siglo XIX. Silvestra y Teresa, sacadas del Hospital General para la lactancia, murieron en el regazo de Rosa. Ambas fueron enterradas en el cementerio común ‘amore dei’ en abril de 1831 y junio de 1832, respectivamente.

 

Enfermería de niñas del Hospital General a principios del siglo XX. (Barberá Masip)

 

El tránsito continuo, deambulando de un rincón a otro de la provincia, debilita la salud de los infantes. Muchos no llegan al Hospital General y perecen a los pocos días de salir de los pueblos donde fueron abandonados. El 16 de noviembre de 1830 “murió en Énova la expósita en el Torno del Santo Hospital de la ciudad de San Felipe y bautizada en la Colegial de la misma ciudad. Se llamaba Eugenia de San Félix e iba en dirección al Hospital General de Valencia”. El fervor al patrón de Xàtiva, San Félix, no fue suficiente. Por su parte, Andrés, de apenas una semana de edad, murió a principios de diciembre de 1807 en los lindes de l’Ènova. Venía de la Vila Joiosa, en tierras alicantinas, y no superó el viaje hasta la ciudad de Valencia.

 

El hambre y la guerra agravan el estado de estos ‘hijos de la adversidad’. Ahora es el Ayuntamiento de Valencia el que alerta de otro caso y solicita la atención de los responsables de la Inclusa. Mariano y su hermano mayor son “hijos de un soldado que marchó a la Guerra de Navarra, sin haberse sabido posteriormente de él, y de su consorte, que pereció en esta ciudad de la epidemia del cólera morbo”. Ambos niños fueron acogidos por una tía, “la cual, cansada de sostenerlos y sin medios para ello los echó de casa”. El hermano mayor andaba vagando por la ciudad pero su edad “le permite ya buscarse recursos para no perecer absolutamente de necesidad”. Las autoridades municipales explican que el hermano menor “acaso hubiera perecido anoche en medio de la calle si no se hubiera compadecido de él la mujer que le ha traído y le recogió”.

 

El desapego (por fuerza mayor) de la tía de los infantes contrasta con el apego que sienten las familias de acogida. El roce hace el cariño, no hay duda. Que se lo pregunten a Josefa y su esposo José, alguacil de una ciudad huertana e industrial próxima a Valencia. Ambos contrajeron matrimonio el primero de febrero de 1832. A pesar de su juventud, Josefa ya era viuda cuando se unió a José. No llegó a tener hijos de su primer marido. En junio de 1837 acogieron en su casa a Gregoria Andrea, una criatura de apenas tres años nacida en un pueblo del interior de la provincia, donde las nieves tiñen de blanco los viñedos.

 

Pasan los años. Josefa y José se encariñaron de la cría. De común acuerdo deciden dar el paso. Asesorados por gentes más letradas que ellos solicitan en octubre de 1844 prohijarse a Gregoria Andrea. La niña ya tiene 10 años y no ha conocido otros padres, otra familia, otra casa que la del alguacil y su esposa. La solicitud oficial va acompañada por dos certificados de recomendación: la de don Pascual, el alcalde del pueblo, y la de don Jaime, el párroco. Ambos coinciden en que Josefa y José “siempre han observado una conducta irreprensible, moral y política”. El matrimonio explica además que “han tenido hijos, pero han muerto de infantil edad y en la actualidad carecen de ellos”. Aseguran que “siempre cumplieron con sus obligaciones con la expósita”. El escrito resalta también “la mucha estimación y cariño que profesan a la citada Gregoria Andrea” y que cuentan “con recursos bastantes para dotarla completamente para cuando tome estado carnal o espiritual”. Días después, el visitador de la Junta da su conformidad. El trámite y la vida misma siguieron su curso.

 

Podéis leer la primera entrega aquí: ‘Hijos de la adversidad’

 

Post Scriptum: El cuadro que encabeza este artículo es obra del artista suizo Albert Samuel Anker (1831-1910). Data de 1860 y lleva por título ‘La Guardería’.


2 Comments

Agustin dice:

26/02/2016 at 19:46

Estoy interesado en el tema de los apellidos que se asignan a los expositos. dIcen que aleatorios pero coincido que en su caso no parece muy aleatorio.
Me gUstaria entrar en contacto por situacion si milar en 1920

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pilar dice:

19/01/2016 at 13:56

mi abuela, según el registro civil de valencia “fué expuesta” en la inclusa de valencia en 1902. Tengo su chapa de plomo con el numero 092 ( creo,ahora no estoy en casa, no lo puedo ver) de nombre es Bienvenida coracha exposito. El primer apellido me da que pensar, un poco rebuscado para tanto apellido común que tenemos en valencia.

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