Pólvora, sangre y chocolate

Por | · · · · · · · · · · · · · · · | Genealogía doméstica | 3 comentarios en Pólvora, sangre y chocolate

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Inés se sentó, quedó un rato en penumbra, arrimada al brasero, y cerró los ojos. “Ai, Pep, què farem?”. Se encomendó al recuerdo de José García Sans, su marido. Echaba de menos en esa casa a oscuras el aroma a cacao. Mi abuela cuarta Inés Lliso Gurrea se había casado en Llombay en 1822 con un chocolatero para que le endulzara la vida y ahora, viuda y postrada en aquella silla, sólo acumulaba recuerdos amargos. No sabía si sería capaz de llegar al verano para convertirse en octogenaria. Un escalofrío le recorrió los huesos. Se levantó y marchó al dormitorio. Le volvieron las preocupaciones por el coste de los riegos y el valor de las cosechas.

 

De haber existido la televisión en aquellos fríos y primeros días de 1875, la viuda del chocolatero no habría tenido ganas de coger el mando a distancia. La imagen de un hombre flaco y de cuidado bigotín copaba la atención informativa, mientras ella vivía enlutada la violenta y reciente muerte de su hijo José y sufría las trapisondas al margen de la ley de Domingo, otro de sus vástagos varones. La primera República fundía en negro con el reestreno borbónico.

 

A las dos de la tarde del 11 de enero de 1875 el rey Alfonso XII entraba en la Catedral de Valencia, según recoge la prensa de la época, entre plegarias y alabanzas del clero y la muchedumbre, “que ha confundido sus preces al Altísimo con los vítores a su monarca”. Y lo hacía en horario de ‘prime time’. De haber interrumpido sus rezos y apretado en el 9 del mando a distancia, Inés podría haber presenciado la conexión en directo con la Seo valentina. Y habría escuchado las palabras del nuevo monarca borbón en la Basílica de la Virgen de los Desamparados. A los pies de la Patrona ‘de tots els valencians’, el hijo de Isabel II depositaba el bastón de mando de capitán general y pronunciaba: “Poco vale la ofrenda, porque es la de un pobre emigrado, pero discúlpela la fe que el rey le ofrece a la Virgen”.

 

La muerte violenta de José, el tercero de los seis hijos de Inés Lliso Gurrea, se asomaba entre los periódicos. Como un suelto, como una noticia breve a rebufo de los grandes fastos de la llegada de Alfonso XII ‘el Pacificador’. Los ciudadanos anónimos, las gentes de a pie, sólo tienen derecho a llenar las páginas de sucesos. Se hacía eco la prensa local como Las Provincias y cabeceras madrileñas como La Iberia y El Imparcial. Los periodistas de la crónica negra, amigos de pomposas adjetivaciones, habían calificado a José como “ladrón y gente de mal vivir” o incluso “gentes avezadas al crimen”.

 

'Las Provincias' (10.01.1875)

‘Las Provincias’ (10.01.1875)

 

En la madrugada del 8 de enero de 1875, José García Lliso formaba parte de una cuerda de cuatro presos, que caminaban custodiados a los juzgados de Carlet. ¿Cómo había llegado a ese estado? ¿Alguna pelea? ¿Algún robo? No lo sabemos. Según la versión oficial, los cuatro reclusos intentaron darse a la fuga en el barranco de la Cava, en Catadau, y los voluntarios que los custodiaban abrieron fuego contra ellos. Tres murieron en el acto y uno huyó malherido. Entre las víctimas mortales figuraba el hijo de Inés. El redactor de Las Provincias alabó el violento aborto de fuga. De haber tenido una pizca de humanidad habría añadido aquello de “el fallecido deja viuda y tres hijos”. Porque así fue. Josefa, Salvador y Concepción crecieron con el tabú en que se debió convertir la muerte de su padre. Aquí lo apunta ahora uno que fue también redactor de Sucesos en Las Provincias.

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catadau

Extracto del libro de Manel Arcos

Estas pinceladas de sangre y vergüenza no me llegaron como legado familiar. Me las encontré cuando Manel Arcos, experto en el bandolerismo en tierras valencianas, me alertó de la presencia en Pego (Alicante) de una rama del apellido Sena procedente de Llombai. Una saga liberal y envuelta siempre en refriegas. Y una cosa trajo la otra. La azarosa vida de José y Domingo, hermanos de mi tatarabuela Inés García Lliso, aparecen en negro sobre blanco en un libro de Manel titulado ‘El tio Joan de la Marina. Un bandoler d’Ador en terres del Xúquer i el Túria (1851-1878)’. Es tan sólo un apunte, un pequeño texto que cruza las páginas 135 y 136 del citado libro. Desde Hojas de Boj hemos recogido las pistas que el periodista e investigador de Oliva ha dejado en sus libros para enriquecer la crónica negra de nuestra historia familiar.

 

El honrado oficio de chocolatero que ejerció José Garcia Sans trocó en mote de delincuente en la persona de su hijo Domingo. De poco le sirvió pasarse la infancia chupándose los dedos de cacao. Días antes de morir José, su hermano mayor Domingo se vio implicado en el robo a un labrador, llamado Bautista Sanz, en el camino de Llombai a Alfarp. Sucedió a las cuatro de la madrugada de la víspera de la noche de Reyes. Fue con nocturnidad y alevosía. Actuó presuntamente en compañía de Vicente Bono Martínez, apodado ‘el Soldat’ y vecino de Catadau.

 

La denuncia del robo trajo consigo el arranque de la maquinaria judicial. El día 25 de aquel enero de 1875, el juez de primera instancia de Carlet ordenaba la búsqueda y captura de ambos. Y para facilitar la labor a las fuerzas del orden y voluntarios adjuntos difundía las señas físicas de ambos. Así se describe en el Boletín Oficial de la Provincia de Valencia al hermano de mi tatarabuela: “Estatura regular, pelo negro, ojos pardos, nariz regular, color sano”. ¿Nos parecemos en algo?

¿Compartían acaso los hermanos García Lliso el mismo perfil de fugitivo que Luis Candelas, El Vaquilla o El Lute? ¿Vivían siempre agazapados, durmiendo de día y caminando sigilosamente de rincón en rincón? ¿Robaban gallinas y corderos para entregárselos a viudas pobres?

 

Nosotros creemos que no. De Domingo García Lliso sabemos que se mantuvo soltero hasta casi los 40 años. El 14 de enero de 1869 se casaba con una viuda de 63 años llamada Josefa Muñoz. Algo poco habitual pero que no podía ser considerado como agravante. ‘El Chocolatero’, que en enero de 1875 era buscado por orden judicial, vendía ante notario el 6 de febrero de 1876 dos hanegadas de tierra huerta en la partida de Escondella (Llombai) a un labrador llamado Eugenio Sanz. ¿Quizás el comprador era familia de su víctima de meses atrás? ¿Ya no le buscaban? ¿Acaso se desveló que no estaba implicado en el atraco?

 

La venta con pacto de retracto se formalizaba ante el escribano Ramón Rodrigo y Herrándiz, tal como consta en el protocolo notarial custodiado en el Archivo del Reino de Valencia. Además, Domingo aseguraba hallarse “en pleno goce de los derechos civiles y con capacidad legal para formalizar la presente escritura, libre y espontáneamente”. Eso sí, no estampó su firma por no saber escribir. Se da la circunstancia de que pocos meses antes de acudir a la notaria, el juez de Carlet ordenaba el 11 de septiembre de 1875 el encarcelamiento de su supuesto compañero de andanzas, Vicente Bono ‘el Soldat’, que seguía en busca y captura.

 

Destacamos un segundo apunte que refleja la ‘vida normal’ de los ‘presuntos delincuentes’. Pelegrí Martorell Lliso acompañó a su esposa al notario para que ella vendiera “con autorización marital” siete hanegadas de olivos y algarrobos en Catadau por el precio de 2.000 reales (500 pesetas). Era el 25 de mayo de 1874. Meses después moría tiroteado cuando era conducido en la cuerda de presos. Son muchas las incógnitas por desvelar. La investigación familiar aporta luz y sombras al unísono. Las dudas se quedan flotando en el aire. Como las deudas. ¿Trabucaires de nit i llauradors de dia?

 

El 9 de marzo de 1876 Inés Lliso Gurrea, la matriarca, sintió cerca el aliento de la muerte. “Hallándose enferma en cama pero en completo y cabal uso de la potencia y sentidos y habla expédita y clara” llamó desde el lecho al notario y ajustó cuentas con todos sus hijos. Decidió mejorar en su herencia a su hijo Vicente García Lliso -ajeno a asuntos de pólvora y sangre- con un campo, las cosechas y 150 pesetas “en atención a que el expresado mi hijo se halla soportando todos los gastos de mi actual enfermedad y asistiéndome”. Añadía la testadora que “si mis demás herederos se opusiesen a ello sea por el concepto que fuere les privo del tercio y quinto de todos mis bienes”. Aún vivió nueve años más.

 

En próximas entregas hablaremos de la rama familiar de los Sena de Pego, cuyo violento enfrentamiento político con los Ganyans ya forma parte de la historia de esta localidad alicantina. Hablaremos entonces de sangre, política y carnaval.


3 Comments

Inmita dice:

04/08/2014 at 17:42

En mi crónica negra ando yo también. En mi caso hay reyertas, navajas y algún muerto. Tiempos difíciles y violentos…

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joaquin dice:

12/04/2014 at 10:23

Un gran treball. M’ha agradat molt.

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Sheila dice:

10/04/2014 at 13:25

Un placer leerte. Gracias por compartirlo.

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