Picaresca en tiempos de mili

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Aquel 13 de noviembre de 1835 no cabía un alfiler en la sala capitular del Ayuntamiento de Andilla, una pequeña población del interior de Valencia, fronteriza con tierras de Aragón. La mesa presidencial estaba copada por la corporación municipal con el alcalde constitucional a la cabeza, el cura con los Quinque Libri bajo el brazo, los médicos cirujanos con sus maletines y los peritos medidores con el metro en la mano. Arremolinados frente a ellos, decenas de mozos y sus padres esperaban ansiosos, inquietos, resignados, el sorteo de ocho soldados que le habían correspondido a Andilla “en el presente llamamiento de los 100.000 hombres”.


Una quinta de 100.000 hombres que había decretado Juan de Dios Álvarez Méndez (Mendizábal para sus amigos, enemigos y los libros de Historia) con la que esperaba ganar la guerra contra los carlistas. Una leva masiva que pensaba financiar con la desamortización de los bienes de la Iglesia. De igual manera, según recoge la historiografía, el bueno de ‘Mendi’ decidió que quien pasara por caja podía librarse de la mili.

 

El alguacil se había paseado días antes por las empinadas callejuelas de Andilla y las antaño boscosas aldeas de la Pobleta, Oset, Artaj y los Tollos, para convocar mediante un bando “a los mozos y viudos sin hijos desde los 18 hasta los 40 años de edad cumplidos”, tal como recogen los expedientes generales de Quintas que custodia el Archivo de la Diputación Provincial de Valencia. Una de esas joyas de la Historia que pudimos paladear en una tranquila mañana de abril, mientras rastreábamos la genealogía de nuestra amiga Marta.

 

En aquella calurosa sala capitular, ajenos a la embestida del cierzo, los quintos y sus padres aguardaban turno para presentar las alegaciones correspondientes. Había familias que las repetían como letanías año tras año con escaso éxito. Otros las improvisaban con poca convicción. Aquel viernes 13 de noviembre eran nada menos que 81 los varones que conformaban la lista de quintos antes del ‘juicio de exenciones’. Ochenta y un almas inquietas, ansiosas y resignadas.

 

Don Vicente Mateo, clérigo y vecino de la Pobleta, pidió ser exento del sorteo “por ser muy corto de vista, como es público y notorio”. El murmullo de la concurrencia debió de sepultar las últimas palabras del “beneficiado de la Parroquial de Andilla”. Algunos quintos rebatieron airados las palabras del mosén, como relatan las crónicas: “Oído por los mozos contestaron que no creen que don Vicente sea tan corto de vista como expone, pues se le ha visto ir a cazar, leer y andar de noche, por lo que piden que sea comprendido en el sorteo de la presente quinta”.

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Si un miembro del clero recurrió a la picaresca para librarse del servicio militar, no iban a ser menos los hijos de labradores que le rodeaban. Tomó la palabra Vicente Pérez, para pedir la exención de su hijo José “por padecer una imperfección en la pierna izquierda desde la edad de diez años”. Mientras, el mozo se remangaba la pernera y enseñaba con cara de poema la extremidad desnuda para enfatizar las palabras de su progenitor. El tribunal ordenó que los médicos le echaran un vistazo a la pierna de José.

 

Después de analizar muslo y glúteos del sonrojado recurrente ante medio pueblo, los facultativos lo declararon “inútil para el servicio de las armas”. Pero la algarabía del resto de los quintos obligó a la mesa presidencial a darles el turno de palabra. “Los mozos dijeron que no advirtieron hasta ese día que José cojee de nada y que juega a pelota sin advertírsele cosa alguna y que corre y trabaja del oficio de labrador como el más sano”.

 

Pero no sólo las (presuntas) taras físicas eran moneda de uso corriente para escaquearse de la mili. La pobreza de solemnidad y la vejez también se asomaron en aquel noviembre de 1835 por la casa capitular de Andilla, mientras Isabel, una niña de apenas cinco años, correteaba en palacio a la espera de su regio lugar en la Historia.

 

Le llegó el turno a Justo Moreno. Unos evidentes cuchicheos debieron de anteceder a sus alegaciones. El sexagenario labrador de la aldea de Oset, con una mano posada en los riñones y la otra en el ‘gaiato’, apeló a su vejez, su pobreza y a que su hijo Justo “coopera con el cultivo de sus bienes que en corta porción posee” para que su vástago se librara de ser llamado a filas. Los mozos contestaron rápidamente y destacaron que los bienes de Justo “son de bastante consideración”, que era de los “bien acomodados de este vecindario” y que en realidad era el padre el que mantenía al hijo y no al revés. El anciano labrador no replicó y dio la callada por respuesta. Era lógico. El año anterior había acudido con idéntica letanía y los mozos le habían echado en cara que incluso tenía “un atajo de ganado con pastor asalariado, un par de mulas y una caballería mayor más”.

 

Varios días duraron los juicios de alegaciones, entre lamentos, quejas y voceríos. La suerte quiso que a ninguno de los aquí referidos les tocara despedirse de la familia y combatir a los fieles del general Cabrera, que no andaban muy lejos de aquellas tranquilas y verdes tierras de Andilla. Las levas se sucedieron en los años siguientes aunque en menor medida: dos soldados para el reemplazo de 25.000 hombres en 1840; otro par de mozos para los 25.000 soldados de 1848; un solitario joven de Andilla para la mili de 1865… Tras las Guerras carlistas llegarían las de Cuba, Marruecos, el enfrentamiento fratricida de 1936… Vísperas de la mili vividas con ansiedad, inquietud y resignación.

 

Post Scriptum: La ilustración que encabeza este artículo es un detalle del grabado publicado en el ejemplar del día 5 de octubre de 1871 de ‘La Ilustración Española y Americana’. El dibujo lleva por título ‘Embarque de soldados para Cuba, en la estación del Mediodía’.


3 Comments

Ángel Carbonell. dice:

05/05/2014 at 15:17

Buenísimo este artículo Enrique. Me ha encantado tu recreación de los hechos, como siempre. Yo que tu, si no lo has hecho ya, escribiría guiones de cine. Te lo digo muy en serio. Enhorabuena Enrique!! Un abraç.

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mocamzu dice:

05/05/2014 at 10:47

Siempre aprendemos cosas contigo, gracias Enrique

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tataranietos dice:

05/05/2014 at 09:59

El bueno de ‘Mendi’… jeje… Muy buen artículo y muy divertido, como siempre.

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