Una boda y seis funerales

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Son sólo dos sencillas hojas manuscritas. Las firma Facundo González, miembro de la Real Archicofradía de Nuestra Señora de los Inocentes Mártires y Desamparados de Valencia. Su simple lectura descompone el alma. Su carga documental es mayor que cualquier episodio de ’60 minutes’, ‘Documentos TV’ o ’30 minuts’. Es la narración con los adjetivos justos de los minutos finales de una banda de malhechores, camino del patíbulo. El 13 de mayo de 1801, el Barrabás de Camuñas, el Tramusseret de Benirredrà y cuatro hombres más eran ajusticiados. La capilla del Carraixet celebró ese día seis funerales y una boda.

 

De la vida del Tramusseret de Benirredrà y demás compinches del populoso gremio de bandoleros dio cuenta el reconocido historiador valenciano Manuel Ardit y lo sigue haciendo nuestro admirado Manel Arcos, en su creciente producción literaria.  No nos detendremos aquí en las andanzas violentas de mis paisanos ‘roders’, algunas convertidas en romances.

 

La lectura del protocolo dictado por la superioridad y aplicado por la Cofradía de los Desamparados de Valencia, cuyos miembros acompañan a los reos en sus minutos finales, no dejará indiferente a nuestros lectores. Tal vez incluso cambie la manera de ver e imaginarse los tiempos pasados. Es una sencilla estampa de la España negra de hace apenas dos siglos.

 

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Hasta para enfrentarse a la dama de la guadaña hay clases sociales. Hay garrote ordinario y garrote noble. Distinta adjetivación para idéntico y cruel fin. Precisamente al primero de la lista, don Alonso López ‘el Barrabás de Camuñas’, le aguardaba “enlutado el tablado” y con la fúnebre iluminación de “cuatro blandones negros”. A sus 26 años fue ejecutado “vestido a lo militar”.

 

El resto de compañeros de patíbulo abandonaron el mundo terrenal por la vía de la horca, un método que aboliría 31 años después Fernando VII, apelando a la “humanidad y la decencia” en la ejecución de la pena capital. Además de ahorcados, en algunos casos la cruel administración de justicia añadió descuartizamiento y la amputación de la mano diestra, no sea que en una ulterior reencarnación les diera por querer apropiarse de lo ajeno.

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Y para que ningún ciudadano despistado o aburrido tuviera la menor intención de seguir la estela del Barrabás, el Tramusseret, el Cojo, el Collet, el Mut o el Palmeret, los restos del segundo fueron divididos “en cuartos y cabeza” y repartidos donde la Justicia dispuso. Una pizca más de sadismo institucional.

 

El único brote de humanidad documentado en las últimas horas de los seis reos lo protagoniza María Escrivá, a la que se autorizó a unirse en matrimonio con el Cojo de Gandia en sus postreros minutos de vida. Fue una vida marital efímera certificada a la orilla de un barranco, el Carraixet.

 

Ermita de la Cofradía de la Virgen de los Desamparados, con el antiguo cementerio en primer término.

 

En el tramo del cauce que separa Almàsera de Tavernes Blanques, a tiro de piedra de la capital, se alza la Ermita de la cofradía que asistía a los condenados en sus últimas horas y el cementerio donde, a veces, eran enterrados con todos sus huesos. Un lugar con un enorme poso histórico que sobrevive en la antigua tierra de gaseosas que fue Tavernes Blanques, ajeno al paso de los años y al constante tráfico rodado del Camino de Barcelona.

 

Allí recibieron sepultura mendigos, suicidas, recién nacidos abandonados en las capillas de la Catedral de Valencia, militares autóctonos y de otras latidudes, bandoleros, pobres de solemnidad, miembros de la oposición política o militar de turno, desertores, soldados rasos por robar a sargentos, parricidas de ambos sexos, cuerpos hallados en la mar y en las numerosas acequias de la Vega valenciana…

 

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El documento firmado por el cofrade destaca la generosidad de los que presenciaron los últimos minutos de los seis condenados. Nada menos que 133 libras, 17 sueldos y 8 dineros se recogieron “de limosna, de cajitas y  platos”. Fue una de las grandes recaudaciones en aquella época de la cofradía (que sigue en activo aunque -afortunadamente- con otros fines). El clavario Facundo González sacó cuentas de lo recaudado y lo repartió entre los gastos ocasionados para acabar con la vida de estos seis infelices.

 

Así, destaca el gasto en misas por las almas perdidas de los seis reos, celebradas en la dicha capilla, las Escuelas Pías y los conventos de San Agustín, Santa Mónica y la Merced de la ciudad de Valencia. Además, cobraron también por ello los sepultureros por llevar las cajas, los miñones que acompañaron los cadáveres y “el executor de la sentencia”. Sin olvidarnos de los gastos en desayunos, cera y dos cargas de tierra. Todo debidamente justificado y con el balance de gastos equivalente al ingreso total en limosnas. Contabilidad transparente en la España negra.

 

Post Scriptum: La ilustración que antecede estas líneas pertenece a un grabado publicado en ‘La Ilustración Española y Americana’ en 1877 bajo el título ‘Entierro de un labrador de Benilloba’, obra de F. Laporta. Igualmente, el libro de administración de gastos de la Cofradía de los Desamparados ha sido digitalizado por la Biblioteca Valenciana Nicolau Primitiu.


4 Comments

Félix Edmundo Reyes Pelegrina dice:

25/08/2014 at 22:25

Me encantó, sigan así. Desde Tucumán-Argentina, felicitaciones.

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Enrique Boix dice:

26/08/2014 at 10:41

Gracias por su mensaje, Félix. Y a todos los que nos siguen desde el otro lado del charco.

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Juan F. dice:

24/05/2014 at 00:21

¡ Que fuerte !, … parece tan lejano y no lo es tanto.
Cuando descubres estas cosas te lo tienes que estar pasando pipa…
Juan F.

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mocamzu dice:

19/05/2014 at 10:21

Lo que dan de si una boda y 6 funerales 😉

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