El padre de la novia

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No es el protagonista de las ceremonias nupciales, aunque muchas veces sea el que se rasca el bolsillo y subvenciona el ágape. Suele llegar tarde a la hora de los retratos y acumula más nervios que la pareja de ‘novençans’. La estrella es la novia, blanca y radiante. Siempre radiante. Él pone el brazo y, tal vez, alguna lagrimilla mientras acompaña a su niña al altar. Pero el padre de Irene le negó el brazo y el permiso para casarse con Vicente. Ella se rebeló, superó el sofoco y, al final, logró su objetivo: casarse con su ‘soldadito’.

 

Lo tenían todo a favor. Incluso el Banco Hipotecario de España ofrecía en aquel verano de 1880 préstamos al 6% en metálico. Desde cinco a 50 años “dando hasta el 50 por 100 de su valor”, tal como destacaba la prensa de la época. Pero Irene y Vicente se tropezaron con algo que ya venían temiendo desde hacía tiempo. El padre de ella se negaba en redondo a ese enlace. No quería que su hija, bautizada en la Iglesia de San Nicolás de Valencia uniera su vida a la de aquel soldado recién licenciado, hijo de un jornalero de la huerta de Torrent.

 

Porque a sus 20 años, la hermosa moza, hija de José y Serafina, necesitaba la licencia paterna para contraer matrimonio. A pesar de su lozanía era menor ante la ley. Y no estaba dispuesta a esperar cinco años más, hasta los 25 para alcanzar la mayoría de edad. Vicente había alcanzado ya los 29 y no dependía de la voluntad de sus padres, Vicente y Carmela, para iniciar la vida conyugal.

 

Fueron largas noches de diálogos contra la pared. La madre intercedía. El padre negaba. La hija lloraba. “Ma mare es va casar als 20 anys amb mon pare i jo no puc, per què?”, se lamentaba Irene mientras su cuerpo se consumía de madrugada entre lágrimas. Y no le faltaba razón, Serafina se casó con el ahora obstinado José un 3 de junio de 1843 en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Misericordia de Campanar. Con sólo 20 años. En aquella ocasión no había padre de la novia que pusiera impedimento alguno. El abuelo Manuel ya había fallecido.

 

Sólo le quedó una salida a Irene para alcanzar su sueño. Plantarle cara a su progenitor y recurrir al juez. Estaba dispuesta a todo. Y damos fe de que lo consiguió. Tal como podemos leer en la inscripción de su matrimonio, Irene se unió el 21 de julio de 1880 con Vicente, “soldado que fue del Batallón Provincial de Valencia, quinta compañía, con licencia absoluta”. Eso sí, don Vicente Giner, coadjutor de la Iglesia Parroquial La Asunción de Nuestra Señora de Torrent, tuvo a bien dejar escrito por si las moscas que la boda se había celebrado “sin impedimento canónico alguno”, con el “consejo favorable del padre del contrayente” y la autorización “del juez municipal por haberlo negado el padre de la contrayente con arreglo a la ley vigente”.

El Día del Libro regala historias familiares

 

Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Torrent. (Google Maps)

 

No sabemos si al final el padre de la novia hizo acto de aparición. Podemos imaginar que no anduvo regalando puros a los invitados al convite. Pero sí parece claro que el lazo que unió desde la infancia a padre e hija se rasgó para siempre. Irene abandonó la casa paterna del centro de Valencia y marchó a vivir a la Plaza Mayor de Torrent. Vicente, tras colgar el uniforme militar, decidió probar suerte con una barbería. Al nacimiento de Filiberto el 21 de agosto de 1881 le siguieron María Dolores, Laurentino, María Desamparados, Emeterio, Vicente, Casto e Irenita. La benjamina nació el 11 de febrero de 1898.

 

Los hijos fueron creciendo y el negocio fue evolucionando. De barbero pasó a cirujano menor y en 1905 ya era dentista. La evolución del oficio se aprecia en los sucesivos padrones de Torrent. En 1908, Vicente figuraba como el único dentista del pueblo en el Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración’. No había duda de que había sido un “bon partit per a la xiqueta”.

 

Irene echó raíces en Torrent. ¿Pero qué fue de su familia? ¿Se perdonaron padre e hija? No tenemos la solución al enigma pero sí algunas pistas. Ninguno de los ocho hijos de Irene y Vicente recibió el nombre de sus abuelos maternos. Los padrinos de bautismo fueron los tíos de los pequeños de forma alterna. No es hasta el bautizo de Casto, el séptimo hijo del matrimonio, cuando descubrimos como madrina de la criatura a la abuela materna. Era 1893 y la mujer rondaba los 70 años de edad. Habían pasado casi 13 años desde el desencuentro entre hija y padre. Tal vez el osbtinado José había fallecido y su muerte devolvía las aguas a su cauce. La abuela Serafina pudó entonces disfrutar de sus nietos.

 

Post Scriptum: Para la elaboración del presente artículo hemos consumido unos buenos tazones de café con leche y hemos consultado los Quinque Libri de las Parroquias de Torrent y Campanar (digitalizados por el Archivo Diocesano de Valencia); padrones municipales de Torrent (accesibles on line en FamilySearch) y el ‘Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración’, digitalizado y disponible en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España. El inolvidable Spencer Tracy nos acompaña en una imagen promocional del filme Father of the bride’ de Vincente Minnelli.


6 Comments

Jose Casas dice:

21/05/2014 at 19:49

Estupendo, me recuerda mucho a mi mismo, pero al revés, yo estaba feliz de que mis tres hijas se casaran, bueno hay dos ya divorciadas”…estos tiempos, señor don Simón…”, como decida mi abuelo.
Un abrazo, tu amigo Pepe Casas

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Juan F. dice:

24/05/2014 at 00:16

Enrique, me agradan mucho tus artículos.
Abrazos, Juan F.

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Enrique Boix dice:

26/05/2014 at 11:27

Muchas gracias, Juan. Aún me quedan algunos ‘Palopes’ enguerinos para tu primo. Un abrazo!

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Enrique Boix dice:

26/05/2014 at 11:28

Gracias por tus palabras, Pepe. Los tiempos cambian como diría aquel trovador de Minnesota…

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Ángel Carbonell. dice:

21/05/2014 at 13:40

¡Muy bueno, como siempre Enrique!! Un abraç!

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Enrique Boix dice:

26/05/2014 at 11:27

Gracias, paisano!

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