Recuerdos con aroma a hinojo

Por | · · · · · · · · | Genealogía doméstica | 1 comentario en Recuerdos con aroma a hinojo

En los últimos días de agosto, los ‘chiquetes’ y ‘chiquetas’ de Enguera van de ribazo en ribazo recogiendo hinojo para la fiesta de San Gil. Y digo bien. Porque en la patria de los Tolsá, Garnelo y Ciges, los niños son ‘chiquetes’ y las niñas ‘chiquetas’, según la tradicional parla enguerina. Un habla que representó como nadie el dibujante Palop en las viñetas de sus personajes enguerinos, los mismos a los que entrevistaba otro enguerino ilustre, Ricardo Ros, en cada entrega anual del libro de fiestas.

 

Ahí los verán, a los más menudos de la capital de la Canal de Navarrés, por el camino viejo de Anna, el camino del Vapor, a los pies del cerro de Lucena, por los barrancos de la carretera de Benali… Ellos y ellas con sus bicicletas, cargados de hinojo para construir sus ‘sangiles’ en las más diversas formas: troncos, cruces, ramos y, últimamente, hasta animales a tamaño natural.

 

Un trajín infantil que inunda la villa de olor a hinojo. Un perfume que embriaga y activa ese botoncillo de los recuerdos que todos tenemos, a ras de piel o escondido en algún pliegue de nuestra memoria. Y para el que firma estas líneas improvisadas, hablar de San Gil es hablar de la calle del Pilar y los años 80 del siglo pasado. Sólo han pasado 30 años.

 

San Gil en la calle del Pilar. Años 80.

San Gil en la calle del Pilar. Años 80.

 

En aquellos días, los vecinos menudos de la calle formábamos una tribu con un objetivo común:fabricar el ‘sangil’ más largo y robusto. No nos preocupaba tanto ser los primeros sino ganar a nuestros vecinos de la calle San Francisco. De hecho, no recuerdo que en aquella época hubiera un concurso como tal, con sus reglas y sus galardones. Armados de tijeras, gorretas y bicis, de la marca BH, Orbea o GAC, recorríamos el término despoblando ribazos y barrancos del preciado hinojo. Y mascando las semillas de la planta aromática.

 

Luego volvíamos pedaleando, arrastrando por la subida del Convento el ‘sangil’ recolectado y enfilando el último repecho de la calle San José, antes de caer rendidos ante nuestras madres. Una ‘bambeta’ y el turrón de cacahuete de casa Sáez resucitaba nuestro ánimo infantil. Y si no, una buena ‘chocolatá’. Otra expedición infantil a los cañaverales de la ‘contorná’, con ayuda adulta en ocasiones, aportaba el suficiente suministro de cañas para formar el esqueleto de nuestro ‘sangil’. Porque a aquella aromática montaña apilada sobre el asfalto había que darle forma de tronco. Y bien largo, a ser posible.

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Cañas, hinojo, hilo de pita, tijeras, papel de seda… y la imprescindible colaboración materna. Horas y horas de agosto, sin descanso, envolviendo las cañas con el hinojo, apretando bien fuerte el hilo de pita… De vez en cuando, aquellos renacuajos formábamos un ‘comando’ y nos arrimábamos cautelosos a la calle San Francisco por el Terrero, para observar la longitud del tronco del ‘bando enemigo’. Solían descubrirnos y regresábamos corriendo con la lengua fuera y la información secreta. “El nuestro es más largo”.

 

La víspera del día grande crecía la ansiedad entre el vecindario infantil. Ahí estaba nuestro ‘sangil’, arrimado a la acera, casi de esquina a esquina de la calle. Era tal nuestro sentimiento belicoso que incluso un año llegamos a proponer hacer guardias por turnos, para que no nos robaran o sabotearan nuestro artefacto natural. A las diez de la noche ya no había un alma menuda en pie. El Piquet, la montaña que domina la villa de Enguera, se encargó de custodiar nuestro tronco de hinojo.

 

El día 1 hay que madrugar. A los pies de la Iglesia Arciprestal de San Miguel Arcángel, se concentran grandes y pequeños con sus ‘sangiles’, para recibir la bendición del párroco. Preside el acto la pequeña figura de San Gil, el abad barbado, que luego llevarán a andas los Juniors del pueblo. Todos levantan sus ramos para recibir el agua bendita. Ese era el momento en que los más pillos alargaban sus porras de hinojo para robar las ‘banderetas’ de los más pequeños. Llantos desconsolados y algún cachete. Luego todos marchan en procesión hasta la plaza del Convento, donde finaliza el acto con la entrega de premios a los mejores trabajos.

 

Es una fiesta cuyo verdadero origen se ha difuminado con el pasar de los años. Ya en en 1862 la revista “El Museo Universal” le dedica un hermoso grabado que reproduce la bendición del hinojo en la villa de Enguera. Tal vez, apunta mi madre, orgullosa enguerina, se remonte al uso medicinal de la planta. Árabes y romanos aprovechaban las bolitas de la planta para hacer infusiones. “Quien sabe si aquellas primeras enguerinas cogían manojos de hinojo para aliviar el flato de sus bebés y los adornaban antes de recibir el agua bendita. El primer lazo dio paso después a adornos más elaborados y aquello se convirtió en una fiesta”.

 

Como envoltorio musical a ese aroma anisado del hinojo una cancioncilla que se repite de generación en generación:

 

“Viva San Gil,
con las patas de badil
y las orejetas
de bufacandil”.

 


One Comment

Viva San Gil | Valencia Peque Universo dice:

02/09/2014 at 07:09

[…] Os dejo el enlace, del blog de un periodista medio-enguerino como yo, donde cuenta la historia: Hojas de Boj […]

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