Garabatos y pupitres

Por | · · · · · | Genealogía doméstica | 3 comentarios en Garabatos y pupitres

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El fin del verano y la vuelta al cole son dos hitos que excitan puntuales nuestra nostalgia en estas fechas. Llega septiembre. Suena ‘Melancolie’ de Peppino de Capri en el giradiscos o quizás el Dúo Dinámico se asome en la gramola con ‘El final del verano’. Mientras tanto, Pancho sigue corriendo por el paseo marítimo de Nerja, con un cuadro bajo el brazo, en un bucle sin fin. Elija usted su propia banda sonora.

 

Los pupitres se van llenando al tiempo que los merenderos playeros se vacían. El jolgorio infantil cambia la arena por el encerado. La vida fluye de nuevo en su cauce habitual. La rutina clava sus cuatro picas y se instala en nuestra geografía particular, ahora poblada de plumieres, pinturas, gomas de borrar y lápices del número 2.

 

Ese aroma a ‘vuelta al cole’ nos devuelve al pupitre de nuestra infancia o a la fila india matinal. Con nuestras mochilas recién estrenadas o enmendadas. Y los dobladillos de los pantalones debidamente arreglados. Gachas de agua y harina para pegar cromos. Coletas y trenzas. Doña Carmen Lis. Puntapiés en el recreo. Los niños a un lado, las niñas a otro. Caminando feliz de la mano de mi padre por las calles de la antigua Edeta, el Forn de la Vila y la Iglesia de la Sangre… Me suelto y salgo corriendo hacia la escuela.

 

Fotograma de ‘Bienvenido Mr. Marshall’ de García Berlanga.

 

Genealogía y recuerdos escolares. Mientras trazamos con tiralíneas las ramas que nos unen a nuestros antepasados descubrimos en el desván de nuestros abuelos algún manual escolar de épocas pretéritas. Libros que aglutinaban en un mismo volumen ciencias, letras, álgebra, geografía y doctrina católica. Cuando Castilla era vieja o nueva, o simplemente Castilla. Cuando “los descendientes de Set eran buenos y los de Caín eran malos. Unos con otros se mezclaron y todos se volvieron malos”. Genealogía rústica y maniquea.

 

Septiembre también es tiempo de vendimia, de recolección, de sudor, de olor a tierra seca y manos agrietadas, sin manchas de tinta ni baberos a rayas. Una azada por pluma y una acequia por tintero. Renglones pluscuamperfectos marcados por el arado. El campanario se agita doce veces y una letanía se extiende a media voz entre campos, fábricas, establos, alquerías, cortijos y barracas: “El Ángel del Señor anunció a María…”

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Ruedan los telares y voces menudas recitan la tabla del 1, la del 2, la del 3… Ajenos a la instrucción y las primeras letras algunos marchan al campo y otras “a las tareas propias de su sexo”. Muchos de nuestros antepasados crecieron sin certificado de escolaridad. Eran tiempos de grámatica y cálculo para clases pudientes.

 

En nuestras investigaciones se asoman con humildad, entre escrituras notariales, para confesarnos su aversión a la caligrafía. Como mi abuelo séptimo Jaime Sena y su hijo José, quienes en el año 1749, venden en Llombai una casa con corral. Y ante el escribano Miguel Roig, “no firmaron porque dijeron no saber y a sus ruegos lo firmó uno de los referidos testigos”.

 

Escritura notarial de 1749 firmada ante Miguel Roig. (Archivo del Reino de Valencia)

 

Pero los hay que sí supieron aprender a escribir y leer. Y leyeron mucho, a la luz de dos candiles, e incluso lograron con los codos pelados un título, de bachiller, de licenciado, doctor o ingeniero. Luego colgaron con orgullo su orla, con sus compañeros de promoción togados o encorbatados, en el despacho, la consulta o el pasillo del hogar materno.

 

Es una delicia encontrar ahora sus expedientes universitarios en el Archivo Histórico Nacional. “Eh, que mi bisabuelo era muy listo, toda una eminencia, que estudió en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos…” En sus expedientes descubrimos el pago de las tasas universitarias, la partida de bautismo e incluso información de limpieza de sangre, esa que debía estar libre de hematíes moros, judíos, herejes ni penitenciados”, tal como especifica la RAE.

 

Los taranietos de los escolares que no pasaron de la Primaria guardan como tesoros aquellos primeros cuadernos con las hojas mordidas por el tiempo, adornados con una caligrafía temblorosa. Son los primeros garabatos, trazados con una tinta indeleble al paso de los años. Garabatos que se heredan de padres a hijos.

 

Pero los hay que nunca supieron sostener un lapicero. El analfabetismo se asoma en los padrones decimonónicos. En ellos sabemos si los vecinos saben leer y escribir, además de cotillear sobre sus oficios y amancebamientos varios. Es entonces cuando se cumple una máxima de aquella época, a mayor número de sirvientes en casa, mayor número de hijos escolarizados. Eso sí, con cierto toque sexista bien latente. Aqui va un ejemplo. Os presentamos a la familia García Bono de Llombai:

 

Padrón de Llombai de 1860. (Archivo Diputación de Valencia)

 

Corría 1860, hace apenas 154 años. Miguel vive con su iletrada esposa, veinte años más joven que él. No sabemos si el cabeza de familia casó en segundas nupcias con Josefa. Con el matrimonio viven cuatro hijos menores de edad. Quizás los mayores se emanciparon. El caso es que los tres varones (de 4, 7 y 11 años) van al cole, pero su hermana Petra, a sus nueve años, ya está ocupada en las ‘labores’ del hogar. Parece que son una familia pudiente, que cuenta con un sirviente de 35 años que no sabe leer ni escribir. Ni falta que le debe hacer. Decenas de generaciones han aprendido de la vida misma.

 

Pero las letras no dan de comer cuando el hambre y la necesidad aprietan. Si no entran duros en casa, la familia no sale hacia adelante. Y la gente menuda se incorpora al trabajo, sin higiene ni seguridad laboral. No dejamos Llombai. Aprovechamos que anochece para llamar a la puerta de la vivienda de Francisco Climent y Josefa Peris. Entramos y nos presentan a sus cinco sobrinos: tres hembras y dos varones, devorando la sopa caliente. Todos ellos son presumiblemente hermanos de mi tatarabuela Vicenta María Peris Noverques, que en aquellos años ya se había emancipado.

 

Padrón de Llombai de 1860. (Archivo Diputación de Valencia)

 

Así aparecen en fila los siete miembros de esta familia en el padrón de 1860. Como se puede apreciar, Mariano y Carlos, a sus 14 y 9 años respectivamente, ya eran operarios. Colgaron baberos y lápices. Maduraron de golpe. En aquellos días, el concepto ‘explotación infantil’ estaba por inventar. Encarnación (7 años) e Irene (11), todavía en edad de jugar con las ‘Barriguitas’ o la ‘Nancy’, ya se saben manejar entre fogones. Son adolescentes prematuras; apenas les dio tiempo a dibujar garabatos en el pupitre.


3 Comments

Marcelino Fernández-Rebollos Suárez dice:

10/09/2014 at 22:56

Utilizas unas frases muy entrañables y muy fáciles de entender y de leer, y esas fotos son un maravilloso recuerdo de lo que fueron y de lo que fuimos. Hace años que empecé a hacer genealogía y me encontré en “cul de sac” pero no porque se hubieran acabado los registros, sino porque la maldita guerra se llevó con ella vidas e historias, y entre ellas también se llevó la genealogía de mi familia.
Sin embargo, yo soy hombre de fe y sé que algún día en algún lugar encontraré lo que busco. Hace años tuve un sueño en el que sobre un libro antiguo había una inscripción en la que pude leer: “Esteban Fernández-Rebollos, honorable notario de Sili”. ¿Qué me quería decir mi bisabuelo? ¿a dónde me quería dirigir? Busqué… pero no encontré nada.
Muchas gracias Enrique

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Ángel Carbonell. dice:

10/09/2014 at 13:22

Enhorabuena Enrique! Como siempre es un placer leer tus artículos con ese estilo tan especial que te gastas. Un abrazo!!

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Enrique Boix dice:

10/09/2014 at 14:23

Gracias por tus palabras, alcalaíno. 😉

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