Hasta el infinito y más allá

Por | · · · · · · · · · · · · | Genealogía doméstica | 4 comentarios en Hasta el infinito y más allá

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¿Y tú hasta dónde has llegado?” Paren las rotativas, callen los tertulianos, claven los guerreros sus espadas en el suelo, se ruega silencio. Ha llegado, ya está aquí La Pregunta. A partir de ahora manténganse todos en sus puestos, apaguen los motores, contengan los nervios… “La ansiedad se corta en el ambiente”, narra excitada una voz en las ondas. La audiencia espera. El genealogista inquirido adopta pose de discóbolo antes de lanzar La Respuesta.  De haber recurrido a viejas y manidas frases hechas tal vez hubiera dicho aquello de… me gusta que me hagas esa pregunta. Pero no. La Respuesta necesita su tiempo, su liturgia, su rito particular. 

 

El genealogista se atusa la cabellera dorada o la barba poblada, se retira las gafas con parsimonia mientras sus interlocutores intentan no perder el tiempo ni la concentración. “Si pestañeas, te lo pierdes”, insiste el locutor. El comensal de la esquina dejó de remover el café. Se ha quedado con la cucharilla en vilo. La ceremonia del cazador de ancestros es simple pero efectiva. Tiene ganada a la audiencia, no pude defraudarle. Ojos como platos. Pupilas a flor de piel, nervios dilatados… Piensa, se moja los labios y responde.

 

Apenas cinco minutos después prácticamente nadie de los que escucharon la Respuesta recuerda su contenido. Suele pasar. Los genealogistas nos quedamos con lo puesto y seguimos a lo nuestro. Más allá de ironías y charlas de taberna, lo cierto es que nos sentimos orgullosos del último horizonte anotado en la libreta y buscamos el siguiente. Y no es fácil.

 

¿Pero hasta dónde queremos llegar los genealogistas? Porque no es lo mismo querer que poder. He aquí la prueba de fuego: la Guerra Civil. ¿Qué dejaron las llamas? Si nuestros antepasados sobrevivieron al fuego del olvido ya podemos albergar la esperanza de alcanzar el siglo XIX con tranquilidad. ‘A la marxeta’, que decimos en las tierras del poeta Ausiàs March. Sin prisa pero con pausa. Las anotaciones del Registro Civil se agotan y seguimos sobreviviendo entre documentos notariales y eclesiales, entre bautizos, bodas, testamentos y compraventas. Pero la tinta del escribano no es eterna y muchas veces nos quedamos perdidos entre los siglos XVI y XVII.

 

¿Se puede proseguir el camino hacia el pasado? Es justo en estos surcos del tiempo donde los investigadores valencianos encontramos un tesoro en el Arxiu del Regne. Cerramos los ojos. Se oyen voces. Todas de varón. Parlen de la terra i el treball. Algunos lanzan quejas contra el señor del pueblo. “Així no és pot viure”. No, así no se puede vivir. No hay calendario a mano. Ni siquiera el Zaragozano. Alguien habla de la Carta del Senyors dels tres estaments del Regne de Valencia. Es el Año de Nuestro Señor de 1646. Hace 368 años.

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Los jurados y justicias de todos los pueblos del reino han de pasar lista, de casa en casa, una por una. Llaman a la puerta. No es el lechero, el cartero, el Círculo de Lectores ni la muchacha de Avon. Aquí no se libran curas, monjes ni militares. Pobres ni hacendados. Los escribanos toman buena nota y entregarán luego en la ciudad de Valencia las certificaciones con las relaciones nominales de los caps de casa. Es el conocido como ‘Vecindario de 1646’. Ahí están los abuelos de los abuelos de nuestros abuelos con sus nombres y apellidos. Todo un listín al alcance de la mano.

 

Detalle del Vecindario de 1646 de Catadau. (Arxiu del Regne).

 

Entornamos los ojos. La charla sigue. Las gargantas se secan. “Xiquet, posa’m més ví”. Reconozco los rostros de mis abuelos décimos Francesc Escrivà, de Villalonga; Joan Adam, de Catadau; y Francesc Delhom, de Llombai, entre otras caras conocidas. Vamos por el buen camino. Estan ahí, donde tienen que estar. Nos han esperado 368 años. No son sólo un cromo más de nuestro árbol. Ellos han hecho historia, la historia cotidiana que hemos recuperado casi cuatro siglos después. Sólo han transcurrido diez generaciones.

 

Abrimos los ojos. Ya podemos retomar la senda. Y desandar lo que anduvieron nuestros antepasados. A lo lejos se divisan los albores del siglo XVII. Nos cruzamos con miles de moriscos en una huída atropellada. Buscan la costa para marchar al sur, a las sombras del Atlas. Varios ejemplares del Corán yacen en el suelo deshojados… Es el año 1609. Felipe III no los quiere. Las acequias valentinas lloran su marcha. La tierra se seca y agrieta. Su ausencia socava el alma de un pueblo. Decenas de repobladores llegan de otras latitudes para llenar esos huecos con la Carta Pobla bajo el brazo.

 

Y en esas escrituras firmadas en 1611 volvemos a encontrar a los abuelos de los abuelos de nuestros abuelos. Son los veteranos de nuestro árbol genealógico. Da gusto reconocerlos entre algunos latinajos y la dolça parla valenciana. Apellidos que se han conservado más de cuatro siglos. Mi abuelo décimo Jaume Climent, recién llegado de Guadassuar; o mi undécimo ‘iaio’ Salvador Adam, que dejó Catarroja para asentarse en Catadau; o mi abuelo duodécimo Bartolomé Alzamora, que echó raíces en el Marquesat de Llombai.

 

Así es que como llegamos al siglo XVI. Las sombras vencen a las luces. Apenas distingo el rostro de Joan Lliso, que debió nacer sobre 1550 en Alboraya o su coetáneo Pere Xixalbo en tierras setabenses. Huertas, murallas y castillos. No alcanzo a distinguir las pisadas de François Guerreu, que vino de Francia con Judith Frayse, para arribar a Bicorp y asentarse luego en Ayora. De claro origen hebreo me encuentro con mi 12º abuelo Pere Salom, paciente vecino de Albalat de la Ribera y uno de los veteranos de nuestro árbol genealógico. El siglo XV no ha llegado. No conozco a ninguno de los que presenció la llegada de Colón a América, con la voz de Jesús Hermida de fondo.

 

“Caray, qué poca cosa, pues yo he llegado al siglo XIII y he entroncado con reyes”. “¡Y yo con la nobleza!”. “Y yo encontré a los abuelos de Adán y Eva”. ¿Hasta dónde llegaremos nosotros? No lo sabemos. Donde el viento nos quiera llevar. El infinito queda muy lejos pero el más allá está a la vuelta de la esquina. El caso es andar.

 

Post Scriptum: La silueta le delata. La imagen que encabeza este artículo pertenece a la inolvidable ‘Tiempos Modernos’ de Charles Chaplin.


4 Comments

Ursi Carrascal (@UCarrascal) dice:

20/11/2014 at 00:32

Igualico, igualico (que el defunto de su agüelico le decían en el TBO a Agamenón). Que eso mismo me pasa a mí, que queremos más e intentamos la cuadratura del círculo con tal de avanzar otra generación.

Pero lo cierto es que la mayoría de mis antepasados no tenían más documentos que los sacramentales y el hilo se rompe sobre 1600, si no se rompe antes por la mala calidad en datos de los apuntes más antiguos. El más antiguo que tengo de mi familia documentado es de 1551, pero no avanzo más.

Ya quien tiene la suerte de tener antepasados notables que dejaban kilos de documentos puede superar esas fechas y llegar incluso a la Grecia antigua, que alguno conozco yo de esos. Suertudos que los hay.

Por cierto, puestos a citar, el título de tu genial artículo es una frase de Buzz Light Year en la película Toy Story. Felicidades.

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Juan F. dice:

09/10/2014 at 19:15

Cuando me ofrecí al primo Pepe no me creía que iba a llegar tan lejos en su árbol …
… no te conocía ni sabía de tu gran generosidad.
Juan F.

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Verónica dice:

08/10/2014 at 14:59

Como siempre, una gozada. Saludos,

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ana dice:

08/10/2014 at 10:54

Un placer leer tus artículos. Gracias

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