Buñuelos, perdices y sexo

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Año 1618. Nos vamos a Aragón. Las calles de la Almunia de doña Godina y el Palacio de la Aljafería de Zaragoza son los escenarios de este artículo. Su protagonista es Juan Martínez, un sacerdote de 58 años y comisario del Santo Oficio. No es precisamente un ejemplo de discreción y castidad. Dos mujeres comparten los focos con el mosén. Son vecinas, viudas y madres. Cuando se cruzan en la calle saltan chispas. Acuesten a los niños. Hablamos de genealogía con dos rombos. 

 

Apenas hay luz en la casa. Se oye el inconfundible sonido del batir de huevos. Le sucede el crepitar del aceite. Vemos una niña en los fogones. No tendrá ni diez años, pero se defiende con habilidad. Adorna la tortilla con unas especias. Se oyen unos gemidos de fondo. Son de mujer, de mujer adulta. Y son de dolor. La pequeña deposita con delicadeza la tortilla recién hecha sobre el vientre de su madre. Es una escena extraña para un lector de 2014. Es algo habitual hace cuatrocientos años. Es un remedio casero para aliviar a la hembra que acaba de parir. Pero no se oyen los sollozos del recién llegado. Ni se escuchan voces adultas. No hay padre ni comadre. Fundido en negro.

 

Mosén Juan se lleva las manos a los riñones. Ya ronda los 60 y los años le pesan cada vez más. “Esta humedad me va a matar”. Es mayo y el sol no se atreve a traspasar los barrotes de su celda para aliviarle los males. Echa de menos su lecho y el calor ajeno. A pesar de las pruebas recolectadas por la Santa Inquisición de Zaragoza, el sacerdote de la Almunia sigue en sus trece. Algo le dice que su estancia entre los muros del Palacio de la Aljafería no será eterna, a pesar de que está allí por amancebado y falto en el secreto. Oye voces. Le llaman. Deja la celda y regresa ante el tribunal.

 

Palacio de la Aljafería de Zaragoza en los años 40. (António Passaporte. Ministerio de Cultura.)

 

Los señores inquisidores, el licenciado don Fernando de Valdés y Llano, y don Isidoro de San Vicente, presiden la audiencia. El fiscal promotor de la Fe, don Pedro de Quesa, hilvana con detalle la acusación contra Juan Martínez, basada en las declaraciones de los vecinos de la Almunia que fueron interrogados en las semanas anteriores. Su relato es duro y pausado. El caso se acerca ya a su punto final tras varias sesiones. Las pruebas de cargo eran evidentes.

 

“Es público y notorio que ha estado amancebado con una viuda llamada María Romeo, y que de ella ha tenido dos hijos. Uno se ha casado y el otro tiene unos 13 o 14 años, es estudiante, y vive en la casa del acusado”. Son las palabras de un fraile que acusa así a su compañero de gremio. Además, el testigo relata las veces que Juan Martínez se fue de la lengua cuando andaba de misión especial como comisario del Santo Oficio.

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“Fue a instruir una causa contra un hombre llamado Chueca y en el mesón le regalaron tres perdices, sin decirle que eran de parte del propio Chueca”. Cohecho en forma de carne de caza menor. Pero faltan los dulces. El tonsurado también acusa a mosén Juan Martinez porque la mujer de Pascual de Quenca, de Paracuellos de la Ribera, le había regalado una “fuente de buñuelos muy buenos”. Gula y lujuria en el siglo XVII.

 

Sin embargo, el amancebamiento es doble. “Al presente tiene en su casa una mujer por ama, llamada María Nájera, y a más de cinco años que la tiene. Es común opinión en esta villa que está amancebado con ella y que ha parido de él un niño que tendrá tres o cuatro años”. La segunda acusación de amancebamiento se repite en las voces de otros vecinos. Fray Juan Forlate se entretiene en detalles de alcoba: “Duermen dentro de una sala en dos aposentos distintos casi lado a lado y es tan buena la cama de la casera como la del comisario”. Otro testigo aclara que son dos los niños que engendró María Nájera del mosén. “Uno lo criaron en Morata de Jalón y murió. El otro estuvo casi dos años en la casa de un vecino y luego se lo llevaron a criar a Alpartir”. Criaturas nacidas de una genealogía prohibida.

 

Las vecinas de la Almunia también tienen derecho a voz. Catalina del Río declara sobre el ama del cura que “algunas veces le parecía que llevaba grande la barriga”. Como prueba irrefutable añade: “Ella es la que manda en casa y dispone de todo”. En esta última idea profundiza Gracia de Ayssa: “El ama es la que manda en casa y él la tiene respeto y no se hace sino lo que ella quiere”.

 

Detalle del proceso contra Juan Martínez. AHP de Zaragoza (DARA).

 

La propia Gracia reconoce su modus operandi para enterarse de estos hechos. “Tengo una ventana enfrente de otra del dicho comisionado y puedo ver todo lo que pasa en la sala”. Más detalles de alcoba. “Se hablan y se burlan el uno con el otro con palabras amorosas como si fueran marido y mujer”.

 

Como si de un programa de telebasura se tratara, todo testigo que declara en las diligencias previas del caso, instruidas por el inquisidor don Miguel Santos de San Pedro, aporta detalles morbosos al asunto. Gracia revela que el ama del cura “tiene una hija de diez años y he oído decir a su madre que la niña duerme con el comisionado y que no quería dormir con ella sino con él”. Sin palabras. ¿Algún fiscal de menores en la sala?

Otra voz femenina se incorpora al relato. Leemos en el documento del año 1618 las palabras de Francisca Domínguez, vecina de la Almunia. “La hija del ama le puso una tortilla de huevos con especias que se le suelen poner a las recién paridas. Tenía flujo de sangre y no juzgó entonces que era de haber parido. Despues oyó decir que el mal que tenía era de haber parido y que parió de noche y sin comadre”.

 

“Una tortilla de huevos con especias”. AHP de Zaragoza (DARA).

 

La relación que mantenían las madres de los hijos ilegítimos del mosén también aflora en el proceso. Por un lado, la viuda María Romeo, conocida también como la Berlandina. Por el otro, su vecina María Nájera. Alertadas quedan las gentes de oídos sensibles. Habla el sastre Miguel Rubio, que intervino en la crianza de uno de los hijos del ama del cura: “Suelen reñir en la calle por estar vecinas y tratose la una a la otra de puta”. Dicho queda. Según añade otro vecino, la viuda Berlandina solo sentía que estuviera amancebado con el ama “porque les daría la hacienda a sus segundos hijos y se los quitaría a los suyos”.

 

La impunidad con la que incumplía los votos de castidad el susodicho ministro de Dios era conocida por sus parroquianos. Aunque fue castigado por el arzobispo don Tomas de Borja (hermano de san Francisco de Borja) con una multa “de cien reales”, por el primer amancebamiento con la viuda Berlandina, “procuró el oficio de comisionado del Santo Oficio para vivir libremente como vive”. Mosén Gil Tejedor, presbítero y compañero de altar del procesado, tampoco se queda mudo: “Se hizo comisionado para eximirse de la jurisdicción del Arzobispo. Si no fuera porque es de la Inquisición le hubieran castigado y remediado de la grande nota y escándalo”.

 

Le llega el turno al acusado. Mosén Juan Martínez niega rotundamente estar amancebado con su ama de llaves. Insiste en que son hijos de un amigo suyo que se los había encomendado y niega la proximidad de las camas. Respecto a la viuda María Romeo, tuvo que reconocer los hechos. “Dijo que en su mocedad ha tenido algunas flaquezas con cierta mujer, de la que tuvo dos hijos”. Unas flaquezas de largo duración, sin duda. “Preguntado si ha contravenido el juramento que hizo de guardar secreto dijo que no se acuerda”. La amnesia temporal aparece cuando más se le necesita. En el siglo XVI y en el XXI.

 

Llama la atención que el acusado no tuviera preparada una defensa. Sigamos leyendo al escribano: “Renuncia a defenderse porque no quiere hablar mal de nadie, ni de los testigos, a pesar de la pasión que muchos de ellos tienen contra él”. Y así, “echándose a los pies de este tribunal”, renuncia a su defensa y suplica sentencia.

 

Con semejantes mimbres, el fiscal no tiene otra opción que pedir “que se le prive del oficio de comisionado del Santo Oficio, por haber descubierto y revelado casos de fe y otros de informaciones de limpieza de sangre y por el escándalo que en ello su deshonesta vida ha causado”. En el alegato final, don Pedro de Quesa pide que caiga “en su persona y bienes” todo el rigor de la justicia para que su castigo sea ejemplar.

 

El fallo del tribunal no se hace de rogar. “Si apeláramos al rigor le aplicaríamos a mosén Juan Martínez grandes y graves penas”, dicen los jueces, quienes apelan en su sentencia a la equidad y la misericordia. Por ello, los inquisidores dictan que el acusado “sea gravemente reprendido, eche de su casa a la dicha María Nájera, no la trate ni le comunique y pague 20 ducados por los gastos de esta Inquisición”. Una sentencia que sabe a poco. Eso sí, el tribunal le advierte que “de aquí en adelante se abstenga de cometer semejantes delitos como los que resultan de su proceso; y que si no cumple con el tenor de la sentencia será castigado con todo rigor y no con misericordia”. Un tirón de orejas y a casa.

 

Post Scriptum: El documento original sobre el ‘Proceso de información contra Mosén Juan Martinez’ está custodiado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza y puede ser consultado aquí, en el portal DARA (Documentos y Archivos de Aragón) del Gobierno de Aragón.


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