Las hazañas del tío Agustín

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Treinta años, dos meses y 26 días. No es la condena de un reo. Es el tiempo que dedicó el tío Agustín a servir a la patria. Colgó el uniforme al llegar el siglo XX después de luchar contra los carlistas y participar en la Guerra de Cuba. Dejó tras de sí una vida de medallas y detalles que ahora hemos conocido tras investigar en el Archivo General Militar de Segovia. Sin embargo, su mayor hazaña no fue entre trincheras, sino en una fonda de Castellón.

 

Una hora antes de que decenas de turistas bombardeen el Alcázar de Segovia con sus cachivaches digitales, este investigador mochilero y madrugador se adentra en sus entrañas con un ramillete de incógnitas en los bolsillos. Portamos una larga lista de nombres, todos varones, que hicieron del Ejército una profesión. Pero poco más sabemos de ellos.

 

Buscamos algo de luz entre los muros de este palacio, residencia habitual de reyes castellanos. Los expedientes militares nos esperan sobre la mesa. El grosor de algunos de ellos revela continuos cambios de destino y enfrentamientos armados. Es la guerra, esa sustancia que nace pegada al mismo ciclo de la vida. Muerte y vida.

 

Retiramos los balduques y revivimos entre legajos las andanzas de Agustín, hermano de mi tatarabuelo materno Tomás Aparicio. Desde aquel mes de marzo de 1875, al teniente Aparicio le costaba encontrar la postura idónea para conciliar el sueño. Aún se resentía del balazo que le atravesó el hombro derecho en Banyoles, cuando a las órdenes del general Cirlot combatía a los partidarios de Carlos María de Borbón en tierras catalanas. Era un hombre de sueño ligero y piel dura.

 

En el camastro de aquella fonda de la capital de la Plana, el militar enguerino rememoraba con añoranza el día que arribó a La Habana el 3 de noviembre de 1876, a bordo del vapor ‘Antonio López’, tras dos semanas largas de travesía. Era un señor barco, con luz eléctrica y todo, aunque durmieran apiñados en literas. Fueron meses difíciles en la isla. Aquellos soldados en tierra extraña andaban trazando a paso firme los renglones de lo que la Historia bautizó como la Guerra de los diez años, el primer conflicto bélico entre el decadente Imperio español y los rebeldes cubanos.

Retales de vidas pasadas - Unas colección de historias familiares salvadas del olvido

 

Había regresado a su tierra natal. En aquella noche del 26 de agosto de 1888, unos gritos le sacaron del lecho como un resorte. Eran las voces angustiadas de la criada de la posada del ferrocarril. Las llamas consumían los ropajes de la mujer, que se retorcía desesperada en el suelo del pasillo. Segundos antes había intentado llenar un quinqué con una lata de petróleo, pero el combustible se le derramó y la virulencia del fuego se apoderó de ella. “¡Qué fatalidad!” Algunos huéspedes asistían petrificados al dantesco espectáculo, sin saber qué hacer.

 

Agustín no se lo pensó dos veces y se abrazó a la criada. Así lo relata una nota de don Eduardo Luengo, coronel del Regimiento de Infantería de Guadalajara número 20, que remitió al Director General del Arma y que encontramos en el expediente militar del teniente Agustín Aparicio:

 

“Con este y otros medios consiguió salvarla de una muerte casi segura y tal vez evitó que se propagase el incendio a la casa fonda; no sin haber sufrido él quemaduras de bastante gravedad en ambas manos y muñeca de la derecha, de las cuales está hoy en vías de curación. Como esta acción humanitaria honra en extremo al teniente Aparicio, tengo el honor de participársela para su superior conocimiento  y efectos que estime convenientes”

 

Sin embargo, la hazaña del teniente Aparicio no copó la portada de la prensa castellonense en aquellos días. En la página 3 del ejemplar del 30 de agosto de 1888 del diario ‘La Provincia’, definido como periódico liberal conservador, encontramos una breve reseña del suceso:

 

‘La Provincia’, 30/08/1888. (Hemeroteca municipal de Castellón)

 

Una vez recuperado de las heridas sufridas por la heroica acción, Agustín regresó a sus quehaceres castrenses. Pasó por destinos tranquilos hasta que fue convocado en 1895, ya como capitán de Infantería, para regresar a Cuba. El 15 de diciembre llegaba a La Habana, a bordo del vapor ‘Santo Domingo’, en un último intento del Gobierno español por retener la isla caribeña bajo su mando.

 

Entre lomas y tiroteos por tierras cubanas, el capitán Aparicio participó en numerosas acciones militares que le valieron diversas condecoraciones. Apenas tres años después de su segundo viaje a Cuba, Agustín evacuaba la isla con el resto de compatriotas el 10 de enero de 1899, a bordo del vapor ‘San Francisco’.

 

La hoja de servicios del comandante Agustín Aparicio relata con detalle todas las campañas que protagonizó, incluso su acción humanitaria en Castellón. Sin embargo, las nueve condecoraciones que obtuvo lo fueron por acciones de guerra. Su arrojo y valentía para salvar a la cridada de la fonda no mereció medalla alguna, sólo una simple anotación en su expediente.

 

Así, cuando los pequeños de la casa estudien las guerras carlistas o la guerra de Cuba, podremos decirles con orgullo que allí estuvo el tío Agustín.

 

-“¿Papá, pero el tío Agustín era de los buenos o de los malos?”.



Post scriptum: La imagen que encabeza este artículo pertenece a la ilustración de una placa de la compañía de seguros ‘La Catalana’, que puede verse en el Museo Virtual del Seguro.


4 Comments

Dolo Garcia Aparicio dice:

18/11/2014 at 08:39

Preciosa historia, contada con pasión, la misma que siento al escucharla. Gracias por descubrirnos a los anónimos familiares que sabemos fueron excepcionales. ” De raza le viene al galgo”.

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Miguel Angel Yanes Luque dice:

08/11/2014 at 14:11

En el verano de 1857 y con 19 años el enguerino Manuel García y Martínez es residente en la Tacita de Plata, donde es alistado como Artillero por su quinta, embarcando “sobre la marcha” para Santa Cruz de Tenerife donde comenzará su periplo por las islas Canarias, pues será destinado, durante 20 años, a la Gomera, La Palma, Fuerteventura, La Orotava (Tenerife) y Gran Canaria,. Como lo tuvieron “del tingo al tango” entre estas tierras, era normal que terminara casándose con una canaria. Y en este caso lo hizo con dos; en primer lugar con una de Tenerife y en segundo,con otra de Gran Canaria, unión esta última de la que procedo.

Su expediente militar puede considerarse “normalito”. No participó en acciones de guerra ni condecorado, desempeñando funciones administrativas como jefe de almacén, contable… que seguramente le fueron de ayuda, una vez retirado como Teniente en 1886, para ser recaudador ejecutivo en Santa Mª de Guía (Gran Canaria).

Lo más curioso ha sido el mes de arresto que se le impuso “por haberse puesto a tocar una guitarra con varios artilleros en una casa contigua al Cuartel”, en fin, cosas de la vida y de la juventud…

Bueno ahora que dispongo de esta información, su acta de bautismo (y la de varios de sus antepasados de Enguera), registros de prensa histórica de Canarias y padrones de habitantes de finales del XIX donde aparece, ha llegado el momento de dedicar, a este bisabuelo valenciano, unas líneas.

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Miguel Angel Yanes Luque dice:

06/11/2014 at 23:12

Me ha gustado mucho esta historia. Los expedientes militares contienen extraordinarias sorpresas que permiten conocer otros detalles, a veces tan relevantes como los servicios prestados al ejército, no reconociendo éste, en su justa medida, el valor demostrado en la vida civil. Me identifico especialmente con el personaje, que a semejanza de mis antepasados militares también estuvieron en la I Guerra Carlista y en la de los Diez Años de Cuba, con un expediente de limpieza de sangre de por medio. Mañana desvelaré, no sabiendo si voy a dormir esta noche, cómo mi bisabuelo enguerino, el teniente García y Martínez (1837), llegó a Canarias, ya que recogeré en Correos y procedente del Archivo General, el sobre con su expediente.

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Enrique Boix dice:

06/11/2014 at 23:17

Estamos expectantes, Miguel Ángel. Ya nos contarás.

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