Las huellas del farero nómada

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No lo andaba buscando. Me tropecé con él y su familia de casualidad en una gélida mañana en el Archivo Histórico Municipal de Valencia. Entre los padrones de Villanueva del Grao de finales del siglo XIX descubrí a Manuel Lorenzo González. Y mira que no era difícil encontrarle si hubiera preguntado por él en cualquier anochecer de 1891.

 

-Muy fácil, ¿ve aquella luz que se enciende y apaga?
-¿El faro?
-Sí, allí viven.

 

Villanueva del Grao apuraba por entonces sus últimos días de independencia, antes de ser absorbida por la gran Valencia del siglo XX. La hoja del padrón donde figura anotada la familia Lorenzo Subiela estaba suelta. Separada del resto. Como una ola que se aleja de la arena. Y la cacé al vuelo.

 

El cabeza de familia, Manuel Lorenzo González, acababa de cumplir 48 años. A su esposa Francisca Subiela Pérez le restaban tres meses para igualarle en edad. Junto al matrimonio residían sus dos hijos: Manuel, de quince años, y Carmen, de once. Viven en el faro del Puerto de Villanueva del Grao. La letra del padre es de trazado claro y alineado. Ligeramente escorada a estribor.

 

La familia Lorenzo Subiela en el Padrón de Villanueva del Grao de 1891. (A. M. de Valencia)

 

Por los lugares de nacimiento deducimos que sus vidas han brotado en aguas distintas. El padre y el hijo varón nacieron en el feroz Cantábrico, mientras la madre y la niña lo hicieron en el manso Mediterráneo. El aire de las castañas y el de Levante conformaron los diferentes caracteres de los hermanos. Geografía y genes a partes iguales.

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La cuartilla del padrón es una instantánea del 20 de marzo de 1891. En la víspera, decenas de fogatas compitieron con el faro portuario por iluminar el firmamento valenciano. Ahora, convertidas las fallas en cenizas, la maquinaria luminosa regentada por Manuel se ha adueñado de la oscuridad e impone su poderío con sus largos haces de luz. Repetitivos. Acompasados. Como el golpeo de las olas contra los espigones. El padre firma la hoja del padrón y la deposita sobre la mesa.

 

Manuel se siente marinero en tierra firme, como un Neptuno con botas. Un torrero nómada que envejece de faro en faro. En el de Tapia de Casariego nació el hijo mayor en la primavera de 1876. Un espigón umbilical de apenas 100 metros une la isla donde se asienta el menudo faro asturiano con la madre tierra. Es de tercer orden. Como el que regentaba don Ramón (Pepe Isbert) en la película ‘Calabuch’ de García Berlanga.

 

“Este es un faro de tercera categoría, pero ya he echado la instancia para que lo pasen a segunda o, por lo menos, que siga de tercera con luz de segunda. Mire usted, toda esa costa depende de mí”. Proclama ufano Pepe Isbert con su voz inconfundible.

 

Pero el progreso acecha. Y lo hace sin piedad. Para dejar luego retales de vida urbana, lugares muertos, escenarios vacíos que revivirán por unos minutos con nuestros hallazgos genealógicos. Se oye una voz.

 

Don Ramón, el farero de Calabuch, en plena partida de ajedrez telefónica con el cura don Félix.

Don Ramón, el farero de Calabuch, en plena partida de ajedrez telefónica con el cura don Félix.

 

“El inspector dijo el otro día que igual lo quitan”. Prosigue ya con tono compungido el farero de Calabuch, la verdadera Peñíscola de los años 50 en los ojos de Berlanga. Una villa pesquera ajena al devenir hotelero. “Un faro es una cosa muy seria. Si se apaga… ¿qué hacen los pescadores? ¿eh? Se lo digo yo. Se van al fondo del mar”, concluye serio el torrero de celuloide. “Menos mal que por las noches hablo por la radio con los amigos, estudio y contemplo las estrellas”.

 

Manuel, el farero de verdad, apura el último pitillo, un cigarro salado como la noche. Los pequeños duermen. Francisca también. Debió de ser en Gandía donde conoció a su esposa, hija de jornaleros. Y en la no muy lejana Cullera vio la luz, la del faro, la de la vida, la pequeña Carmen. Su padre espantaba las pesadillas infantiles desde lo alto de la torre. Genealogía costera. Sabor a mar.

 

Estampas, olores, palabras… brotan sueltas en la quietud de un Archivo. Nacen de una sencilla cuartilla manuscrita de 1891. Hablan de una familia que se dejó encontrar sin que la buscáramos. Hurgamos un poco más entre periódicos amarillentos con moderada curiosidad. Apenas 11 años después, Manuel, el hijo nacido en las entrañas del faro de Tapia, aprueba los exámenes y se convierte en torrero tercero del cuerpo de faros. El oficio se hereda antes de la extinción. El padre apura sus últimos años guiando la luz marina desde la Vila Joiosa.

 

Manuel hijo descansa ahora frente al mar. El Cantábrico le vio nacer y el Mediterráneo le acuna para siempre. A escasos mil metros del litoral, en un nicho del cementerio valenciano del Cabanyal, reposa Manuel Lorenzo Subiela, hijo del mar y de la luz.

 

Post Scriptum: La fotografía que encabeza este artículo es obra de Matt MacGillivray y muestra el faro de la isla de Quirpon, en Canadá.


2 Comments

Teresa Juárez dice:

08/01/2015 at 21:40

Preciosa historia, tan casual verdad? para lo que da una hoja con unos cuantos datos…

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Enrique Boix dice:

08/01/2015 at 21:43

Gracias por tus palabras, Teresa. La mejor confitura se guarda en frascos pequeños.

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