Las puertas del Ministerio del Tiempo existen

Por | · · · · · · | Investigación | 8 comentarios en Las puertas del Ministerio del Tiempo existen

Yo las he abierto. Sí, existen. Os lo puedo asegurar. Las puertas del Ministerio del Tiempo existen. Están ahí. No son sólo atrezzo en la pequeña pantalla. A través de ellas descubrimos historias del pasado, de verdad, que se palpan y se sienten, que se resisten al paso del tiempo. 

 

Impresiona girar el picaporte y enfrentarte a un paisaje desconocido. Los sonidos son distintos. Nuestros oídos descubren ruidos, melodías, susurros y ronroneos que en el siglo XXI ya no somos capaces de percibir.

 

Anoche vine de 1748. Mola decirlo, ¿eh? Tuve suerte. Aún me tiemblan las piernas. Igual os cuento cómo llegué. Pero sí que os puedo revelar ahora dónde aparecí. Lo hice en la torre prisión del castillo de Montesa. Casi nada. En aquella celda estaba preso fray Raphael, que le daba tanto al crucifijo y la espada como a la bota de vino y las carnes femeninas.

 

Un grave contratiempo, ya que la celda suele estar vacía y se usa por el Ministerio como paso franco para la entrada del siglo XVIII en tierras valencianas. Pero el prior del convento, el doctor don Joseph Ortells, estaba hasta las narices del díscolo de fray Raphael y lo mandó encerrar un par de días.

 

Terremoto de Montesa

Eran las seis de la mañana del 23 de marzo de 1748. Para viajar en el tiempo la mejor hora es entre las cuatro y las seis de la mañana, así consta en las recomendaciones publicadas en el último boletín del Ministerio.

El Día del Libro regala historias familiares

 

Quizás fue eso lo que me salvó. Porque aparezco un cuarto de hora después y me convierto en sémola. A los pocos minutos de llegar, las paredes de la celda crujieron y la puerta se abrió. Llamadlo instinto o que había estado leyendo el día antes sobre el Terremoto de Montesa en la Wikipedia, pero salí pitando de la celda.

 

Cogí al bueno de fray Raphael de los cordones del hábito y lo arrastré fuera. Pero un fraile lleno de alcohol pesa lo suyo y apenas pude con él. Escapé del castillo por el puente levadizo antes de que se desintegrara en el aire. Me libré a lo Tadeo Jones, lo reconozco.

 

Castillo de Montesa en la actualidad

Castillo de Montesa en la actualidad. (GOOGLE)

 

¿Pero qué me había llevado hasta Montesa el mismísimo día en que un terremoto asoló el castillo? Pues algo tan sencillo como la pista de un antepasado de mi abuela materna Milagro. La tradición familiar afirma que éste había nacido en 1748 durante dicho terremoto en Enguera, a un tiro de piedra de Montesa. Pero las dudas me corroían el alma. ¿Y si no es verdad? ¿Y si no sobrevivió al seísmo? ¿Y si murió fruto de un parto prematuro? ¿Existirá un agujero negro en mi genealogía? Así que después de un par de noches en vela me adentré por la puerta que daba a 1748 (*).

 

Abandoné las ruinas del castillo y anduve varios kilómetros en un mar de polvo, fango y dudas, entre pinos y carrascas, hasta llegar a Enguera. Las gentes corrían, las caballerías bramaban y los telares habían enmudecido.

 

Hombres y mujeres cargados con capazos de ropa y hogazas huían al llano, a la parte alta del pueblo. La zona se fue poblando de barracas y tiendas improvisadas.

 

Domingo y Vicenta

Discretamente me despojé de mis botas de trekking y me refresqué los pies. No era cuestión de alardear de calzado ante las alpargatas de esparto que lucía el asustado vecindario. Fue en ese momento cuando paró a mi lado una mujer embarazada. Acariciaba su vientre con suavidad mientras se secaba el sudor de la frente con la otra mano. Le di agua y apenas me miró. Su marido le sostuvo el cuenco y murmuró: “Quina desgràcia, xiquet…”. Se llamaba Domingo, aunque algunos le conocían como el hijo de Pere Aparicio. Ella se llamaba Vicenta. Eran esposos y parientes lejanos. Como casi todos en aquel pueblo. La mujer escapó un sentido y débil “Gracias, hijo mío”. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Cuando me recuperé de la impresión la pareja ya había desaparecido de mi vista.

 

Eran ellos, sin duda, Domingo y Vicenta, los padres de mi antepasado. Era un pálpito, un corazonada, llámalo no-sé-cómo. Pero todo movimiento sísmico trae consigo sus terribles réplicas. Y la gente de Enguera lo intuía, lo temía. Pero yo lo sabía, con certeza. La gran réplica iba a producirse una semana después, el 2 de abril. Y no debía hacer nada en especial, para no cambiar el curso de la historia.

 

Anduve varios días entre olivos y escombros hasta que encontré de nuevo a Domingo y Vicenta. Él estaba preparando unas gachas al fuego y ella permanecía recostada dentro de la barraca. Apenas podía caminar.  El resto de vecinos miran al cielo, aguardando clemencia, sin despegar sus ojos del suelo.

 

La réplica del 2 de abril

Y llegó el día 2. Eran las 21.30 horas. La hora del telediario en 2015. La hora de rosarios, credos y padrenuestros en 1748. Temblores, gritos y carreras. Sangre, polvo y lágrimas. Entre el caos afloran los llantos desconsolados de un niño recién nacido.

 

Vicenta aguanta con el vientre abierto mientras Domingo sostiene con sus brazos la humilde barraca, golpeada por las embestidas de la naturaleza. El terremoto dura un credo y medio rezados. La matrona envuelve a la criatura en paños. La madre se abraza al hijo y el marido a la esposa. Lloran y rezan. Y llega el silencio. Noche cerrada. La tierra se lame sus heridas abiertas en carne viva.

 

Fue entonces cuando respiré aliviado. La criatura había sobrevivido al parto y los temblores de la tierra. El supuesto agujero negro de mi genealogía materna se había diluido. Las generaciones posteriores se irían encontrando para procrear al resto de mis ancestros. Y todo seguiría su curso hasta llegar a nuestros hijos y (algún día) a nuestros nietos.

 

Bautismo en el campo

Un par de días después, con lo puesto y nada más, el hijo de Domingo y Vicenta era bautizado “en el campo tempore terremotus” por don Francisco Palomares. Llegué tarde a la breve ceremonia pero pude seguir al sacerdote y hacerle una foto con el móvil mientras anotaba el bautismo en los libros sacramentales. Así quedó constancia de mi fructífero viaje al siglo XVIII.

 

El recién nacido recibió el nombre de Francisco de Paula Vicente Tomás Isidoro Jacinto. Desde ese día y hasta la actualidad, él y todos sus descendientes reciben en Enguera el apodo de ‘Barraquero’ por haber nacido en una barraca en pleno terremoto de 1748.

 

Inscripción del bautismo de mi antepasado Francisco de Paula Vicente Aparicio Aparicio. ARCHIVO PARROQUIAL DE ENGUERA

Inscripción del bautismo de mi antepasado Francisco de Paula Vicente Aparicio Aparicio. (ARCHIVO PARROQUIAL DE ENGUERA)

 

Post Scriptum: ‘El Ministerio del Tiempo’ es una interesante serie de RTVE que recomendamos vivamente desde Hojas de Boj. De hecho, sus tres principales protagonistas figuran en la foto promocional que encabeza este artículo.

 

(*) El viaje a 1748 lo iniciamos al traspasar la puerta que conduce al Archivo Diocesano de Valencia, donde pudimos consultar los libros parroquiales de Enguera de aquel año. Allí figura la inscripción del bautismo de nuestro abuelo sexto Francisco de Paula Vicente Aparicio Aparicio.


8 Comments

Diablo dice:

12/12/2016 at 21:39

Hola buenas buen relato, ha sido todo un placer poder leerlo. Me gustaria que respondieses a una pregunta si fuese posible. ¿al decir que cruzaste la puerta te refieres a que la cruzaste caminando o lo decias metaforicamente, haciendo alusion al tema de indagar en los registros? Parece una tonteria de pregunta ya lo se.. pero necesito una respuesta. Gracias de nuevo por su articulo, repito, muy interesante y entretenido.

Responder

Enrique Boix dice:

12/12/2016 at 22:38

Indudablemente era una metáfora. Todavía no he encontrado las llaves de las puertas del tiempo. Gracias por tus palabras.

Responder

Beatriz dice:

07/05/2016 at 13:31

Me encantó tu relato. la genealogia “nos permite” esos “viajes en el tiempo” que son maravillosos. un saludo desde Argentina

Responder

Enrique Boix dice:

07/05/2016 at 13:33

Gracias por tus palabras, Beatriz.

Responder

M Llum dice:

23/03/2015 at 19:38

Amics ha estat tota una experiencia, i jo no dic que no a res, el que és cert és que si no ens molestem una mica en descobrir misteris, anirem desprenent-nos de la saviesa que portem quan neixem, quan hi ha tantes tradicions, històries, vivències, circumstàncies extraordinàries, pistes per seguir, misteris per desvetllar, tot un món de mons que poden contribuir a que el SABER no es peda, ni l’arrogancia de la ciencia oculte les facultats amb les quals neixem els éssers humans. Naixem i hem portat a aquest món com un tresor de la Humanitat, per compartir-lo amb els altres i millorar els nostres vincles, que a força de perdre l’interes per devetlar els missatges ocults i no tan ocults, correm el risc de caure en una indiferencia generalitzada que ens desvirtua i redueix la nostra condició humana a la mínima expressió, l’animal.

Responder

maria dice:

11/03/2015 at 23:45

¡Fantastico! Yo tambien estuve alli. Crucé la puerta del tiempo y encontre a mi abuelisimo en 1748. Y allí en Montesa, horrorizada por el terremoto, entre la desolación y el espanto conoci al caballero de la orden de Santa Maria de Montesa y San Jorge de Alfama. Y como una sombra sin que el pudiera verme, porque faltaban 200 años para que yo naciera, le seguí en su huida de aquel desastre, hasta el Temple , en la capital del reino donde el siguió con sus estudios… la puerta siempre nos espera. Felicidades por su trabajo.

Responder

Juan dice:

04/03/2015 at 20:58

Me encantó tu relato. Seguiré leyendo tus historias familiares pues me da mucha idea para reconstruir las que tengo almacenadas y no se cómo darle forma.
Un saludo.
Juan Crespillo.

Responder

Enrique Boix dice:

04/03/2015 at 21:03

Gracias por tus palabras, Juan. Esperamos no defraudarte. Saludos.

Responder

Deja tu comentario