Genealogía doméstica

Monólogo de un olvidado

Nichos del cementerio de Valencia. Monólogo de un antepasado olvidado por su familia.

Aquí yazco. En el número 2.458. Desde mi atalaya eterna sólo veo el estrecho perfil de los cipreses. De vez en cuando el sol rasca mi lápida difuminada. Cada vez pierdo más letras. Ya no recuerdo quien soy. Y lo que es peor, ellos tampoco me recuerdan. Dejaron de venir hace un par de décadas.


Al principio me visitaban a menudo, como a todos los recién llegados. Cada primero de noviembre escuchaba rezos, murmullos y frases sueltas:

 

«¿Nos vamos ya? ¡Qué flores tan bonitas! Esto es un rollo. Dile a tu hermano que no arranque las flores. La próxima vez vengo yo sola. ¡Pobret! Esto es muy triste y decadente».

 

Pero la cosa fue decayendo. La tristeza y el dolor dieron paso a la resignación. Ya nadie suspira a mis pies. Les echaría de menos si aún recordara sus caras, pero acá y allá nos desvanecemos los unos y los otros, los muertos y los vivos.

 

El olvido es contagioso, tremendamente contagioso. Después de los primeros de noviembre llegaron los segundos de diciembre y los terceros de enero, y febrero, y marzo… He dejado de contar los meses y los días, no hay intervalos. Me muero de aburrimiento. Macabra paradoja, si ya estoy muerto.

 

En esta estación término sólo admiten llegadas, no hay salidas. No expenden billetes de vuelta. El recién llegado es un recién finiquitado. Llegar y ya no estar, todo en uno. En este mudo vecindario nos intuimos los unos a los otros, encogemos los brazos y nos entretenemos contando pétalos de plástico.

 

Yo vine cuando me tocó. Hay quien se avecinda en este camposanto antes de hora, pero yo me instalé aquí cuando rozaba ya el centenario, de manera natural. Me consumí como un cirio.  Me llaman veterano de la otra vida. Porque aquí, la otra vida es la que vives tú ahora.

 

Morir dos veces

Cuentan mis compañeros de descanso que cuando te olvidan es como si murieras dos veces. Se supone que ya no debo de sentir dolor, pero algo me escuece en el alma, si es que ésta no voló como un gorrión. De eso hablaba el otro día, ¿o fue el otro mes?, con el capellán, mi vecino de la quinta tramada.

 

«Ponedme en la lápida bien clarito mi fecha de nacimiento y el pueblo», les dije a mis hijos. «No os olvidéis el nombre del pueblo, para que quede claro de donde soy». Al menos cumplieron esa promesa. No recuerdo quien fue pero tomó buena nota y recibió el encargo con orgullo. «No te preocupes, abuelo, yo lo apunto». Era pecosillo, menudo y vivaracho. Fue el último en dejar de venir.

 

«Abuelo, me marcho. Me voy lejos. Emigro con ella y los pequeños. No sé cuándo volveré. Bueno, no sé si regresaré. Les hablaré a todos de ti. Siempre».

 

Creo que lloré ese día. Recuerdo ahora que fue al atardecer. A esa hora los naranjos se vuelven encarnados. Y también reí. Desde entonces esto sí que es un valle de lágrimas, cada día y cada tarde. De noche se oye gimotear a los recién llegados. Es duro acostumbrarse. Nadie ha entrenado para esto. Tabú. Silencio. Calladitos todos. De la muerte no se habla apenas en vida. Toca madera. Y de los muertos tampoco, sólo de los finados ilustres, por lo que se ve.

 

Parece que sólo estamos para que nos lloren. No hablan de nosotros, sólo nos lloran. «Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto», dicen que dijo el hijo de un torero. Somos antepasados olvidados. Cambio una lágrima por un recuerdo. Una mirada apenada por una sonrisa. ¿Acaso no os reíais con mis ocurrencias? Hablad de mí, contad a los que han venido después lo bien que lo pasábamos aquellos veranos, no os dé pudor, no os dé vergüenza.

 

Sólo me he muerto una vez. Una sola. Y hemos vivido muchos y buenos momentos. ¿Por qué un rato de amargura puede eclipsar toda una vida vivida? No os quedéis con los créditos finales, recordad la película entera. Contad a los cuatro vientos, con alegría, con los brazos abiertos, lo que fuimos, lo que vivimos, lo que soñamos, lo que sufrimos…

 

Convertid las andanzas del abuelo en historias contagiosas, rememorad mis momentos gruñones y mis ratos adorables, hablad a los niños de mí, sacad las fotos del arcón y mis ropajes del desván, empuñad mi bastón como caballeros del espacio interestelar que sois, ponedme nombre y rostro…

 

Recordadme, redimidme, revividme.

 

9 comentarios en “Monólogo de un olvidado

  1. Cert, molt cert.
    La gent oblida massa rapit.
    Alguns familiars tambe.
    Aixó d’anar al cementiri fa mandra.
    I el mes segur es que’l que está a dins hauría donat la vida per ells.
    Molt bon monóleg. Gracies.

  2. El otro día, buscando tumbas en el cementerio, hice iguales o, al menos, parecidas reflexiones: en el cementerio estamos en realidad en la ultima etapa de la vida: la que vivimos en la memoria de otros. Cuando nos olvidan, ya estamos muertos de verdad.

    Vamos, que los genealogistas,mas que buscamuertos, somos doctores Frankestein que devolvemos muertos a la vida…¡Igor! ¡La palanca!

  3. Estupendo relato, ya cada vez que veo alguna de tus publicaciones no puedo dejar de leerlas. Enhorabuena y espero el próximo. Saludos.
    Juan

  4. Genial, me encanta como explicas las cosas. Hace que lo vivas! Me ha hecho sentir que estos dias precisamente que he visitado los nichos y tumbas de mis antepasados se sintieran acompañados. 🙂

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