Los Gorets, cinco generaciones de arroceros

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La abuela Inés sirve y reparte los platos de arroz con delicadeza. Sabe de sobra qué quiere cada uno de sus comensales. A su hijo Gregorio le gusta la paella con abundante pollo y conejo. Al plato de su nuera Benita, esposa de Gregorio, no le puede faltar el garrofó y las judías verdes. Concha y Carmela, las hermanas solteras de Benita, son más delicadas de paladar. Las dos veinteañeras comparten esos días techo y mantel con la familia Ruiz Paredes. Están en edad de merecer y se nota por sus risas y cuchicheos.

 

Gregoriet, el hijo mayor de Gregorio y Benita, maneja con soltura la cuchara y no deja escapar ningún grano amarillo. A sus tres años se siente todo un hombrecito. Su hemanita Leonor, con unos pocos meses de edad, permanece en un sueño profundo, ajena a esta sobremesa familiar de finales de 1860. Años después llegarán Francisco, José y Vicente Ramón Ruiz Paredes para completar la saga de los Gorets, apodados así en honor a Gregorio Ruiz Moncholí, el patriarca familiar.

 

 

La familia Ruiz Paredes, en el padrón de Alfafar de 1860. (Archivo Diputación de Valencia)

 

Alfafar era en aquellos tiempos una localidad de poco más de 2.000 almas, situada al sur de la ciudad de Valencia. Todos se conocen. Nadie desconfía. Por ahí va don Tomás Piñol el boticario, don Fernando Mas el cura, don Rafael Azorí el cirujano, doña Micaela Guilllem la maestra, don Antonio Ferrandis el secretario… Son las fuerzas vivas de un pueblo de labradores y jornaleros como los Baixauli, Quilis, Puertes, Esteve, Romeu…

 

Es sábado y la Bruja Avería se asoma por la pequeña pantalla ante miles de criaturas absortas. Ha pasado un siglo de aquella estampa familiar en torno a la paella de la abuela Inés. Un niño, a los mandos de un tractor, circula por la era, escampando con destreza el arroz todavía en su cáscara, para su posterior secado. No hay cole y esta noche jugará el Valencia de los Kempes, Tendillo, Saura y un barbudo manchego llamado Castellanos.

 

El pequeño del tractor es un tataranieto de aquella Leonor Ruiz Paredes de 1860. Él forma parte de la quinta generación de los Gorets, una saga de arroceros de Alfafar que conforman la empresa familiar S.A.T. Muceval.  En los campos de la Albufera de Valencia, el amor a la tierra y el trabajo también se hereda, de generación en generación. Y ya son cinco las que han transitado por la Finca Estell, junto a la pedanía valenciana de El Palmar, desde que la compraran los hermanos Ruiz Paredes hace más de un siglo.

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Embarcadero del Tancat de la Baldovina.

 

Destaca la explotación del Tancat de la Baldovina, que debe su nombre a su anterior propietaria, doña María Baldoví y Miquel, originaria de una adinerada familia de Sueca que contrajo matrimonio en 1922 con don Joaquín Manglano y Cucaló de Montull, decimoquinto barón de Cárcer y primer alcalde de Valencia tras la Guerra Civil. Casi nada. Un ‘tancat’ con embarcadero propio y comunicado directamente con la Albufera. Un lugar de esparcimiento y divertimento cinegético para nobles y realeza, y ahora dedicado al cultivo del arroz, que este cronista descubre en una gris mañana de marzo de la mano de uno de los tataranietos de Leonor Ruiz Paredes.

 

Las primera generaciones fueron eminentemente labradoras. Se dedicaban al cultivo del arroz, que vendían en cáscara y a granel para la industria. La quinta generación, en cambio, ha lanzado ya dos marcas al mercado, Tartana y Finca Estell, para para comercializar los productos directamente hasta el consumidor final, profesionales de la hostelería y familias.

 

“Cultivamos arroces más ecológicos, empleamos la escarda manual y secamos el arroz al sol y con la brisa del Mediterráneo, como antaño”

 

Los tataranietos de Leonor han recuperado las técnicas artesanales para la producción de sus arroces de alta calidad: Tartana y Finca Estell. Su tipo de grano absorbe el caldo y realza los sabores de una forma especial para deleite de sibaritas. “Cultivamos arroces más ecológicos, empleamos la escarda manual para retirar las malas hierbas y secamos el arroz al sol y con la brisa del mar Mediterráneo, como antaño”, añade nuestro cicerone Juan Valero por los inmensos arrozales, quien hilvana los detalles del cultivo del arroz con pasión. Y eso lo notan también los clientes cuando venden su producto en Suiza, EE. UU. o Australia, por ejemplo.

 

Los tipos de arroz que comercializa Tartana.

 

A pesar de su enorme extensión, el Parque Natural de la Albufera sigue siendo un paraje desconocido para los miles de urbanitas que pueblan la capital, a apenas una docena de kilómetros.  Por ello, esta quinta generación de arroceros ha enfocado su explotación como lo han hecho las bodegas con el turismo enológico. El arroz tiene un valor añadido, es algo más que un paquete que viaja del lineal de un supermercado a la cesta de la compra. Tiene su propia cultura.

 

A través de su enseña principal, Arroz Tartana, esta empresa familiar valenciana participa en el Club de Producto Arroceando, un proyecto de la Federación Valenciana de Hostelería, que ofrece experiencias turísticas para poner en valor y dar a conocer el arroz en su propio hábitat “en una experiencia educativa y de ocio-turismo cultural” en la Albufera de Valencia.

 

El perfil de cada uno de los primos que conforman la quinta generación es variado y, a la vez, complementario, lo cual les permite ocupar puestos de responsabilidad de cada una de las áreas de la empresa. Todos ellos rondan entre los 27 y los 37 años. De todas formas, como empresa familiar y pequeña, cuando toca arremangarse, nadie se escaquea.

 

Juan Valero señala la placa que recoge la historia de las barracas de l’Estell.

 

“Nuestro objetivo es mantener lo que por suerte nos han dejado nuestros antepasados, que lo trabajaron con esfuerzo, y mejorarlo”

 

La herencia familiar no sólo se transmite a través de los genes. La pasión por el trabajo y el amor a la tierra se contagia entre arrozales, a los mandos de un tractor, con el barro hasta las rodillas y llevando las cuentas con celo y previsión. Entre cucharada y cucharada de paella. “Fica’m el socarraet”.

 

Las dos mecedoras en el porche de las barracas de l’Estell.

 

Dos mecedoras se balancean ligeramente, acunadas por el viento, en el porche de las barracas de l’Estell. Quizás allí reposaban en tardes calurosas la tatarabuela Leonor, la bisabuela Filomena o el abuelo Juan Antonio Muñoz Sáez, buscando inspiración para sus obras de teatro.

 

Un tractor verduzco y cubierto de barro seco, recién utilizado para ‘fanguejar’,  aguarda mudo el cambio de estación. Aún se oyen los ecos de las voces de los caseros de la finca, La Chata, el tío Bonico, el tío Cándido, la tía Barbereta…

 

Los dos títulos de las obras de Muñoz Sáez que coronan sendas barracas invitan a la ensoñación: “El cel encara és blau”  (El cielo todavía es azul) y “La dolçor d’una llàgrima” (“La dulzura de una lágrima”).  Las lágrimas son dulces y saladas, como los recuerdos.

 

 

El cielo todavía es azul.


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