Muerte y vida en un recorte

Por | · · · · · | Divulgación · Genealogía doméstica | 2 comentarios en Muerte y vida en un recorte

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La vida y la muerte bordadas en un simple recorte de prensa. Las olas del Atlántico, traicioneras y malditas, nos han dejado en la orilla un pedazo de papel amarillento de 1916.  Viene suelto, sin botella de cristal que lo contenga. Un puñado de recuerdos familiares se escurren entre sus líneas impresas, como la fina arena entre los dedos. Son retales de vidas ajenas que se nos vuelven cercanas con la voz de la nieta de su protagonista.

 

“Uno de los náufragos era llorado por muerto cuando su familia recibió una carta del propio Alfredo que refiere cómo se salvó”.


“Es la historia de mi abuelo. Y de su hermana”. Vidas paralelas en mi cercana tierra materna, pero segadas de cuajo en un día de marzo. Hace ya casi un siglo. Amigos, matrimonios jóvenes, hermanos que salen del pueblo, con las ilusiones envueltas en el hatillo. Los telares enmudecen y la desnudez de los bolsillos apremia. Aquí y así ya no podemos seguir. Vamos, vámonos. No tenemos críos. El viaje será duro, lo sé.

 

“Estuvo nadando diez horas sobre un madero hasta ganar playa”.

 

Prendas de ropa dobladas con pulcritud. ¿Hará frío o calor? Escribidnos en cuanto lleguéis. Semanas de ruegos y plegarias que pillaron desprevenido al arcángel Miguel. El santo patrón sobrevive hoy en día con el corazón agrietado en el altar mayor. Apunta a la serpiente con su espada flamígera, pero no puede olvidar aquellas angustiosas horas vividas por sus fervorosos hijos en las costas de Brasil. De la pila bautismal al océano. Agua que te recibe y te despide. Lágrimas de infante y llanto de muerte.

 

“Su hermana se agarró al mismo madero, pero un golpe de mar se llevó a Matilde, y fueron inútiles todos los afanes de Alfredo por recuperarla”.

 

Es el alfa y omega de una historia, casi centenaria, que lleva rondándome varios días. Nos ha llegado mientras recogemos los mimbres para enhebrar la historia de los emigrantes de Enguera, mi pueblo materno, en nuestro apasionante proyecto ‘Raíces Enguerinas’.

 

La nieta de Alfredo no quiere que esa historia se pierda. Son las cicatrices de la vida, libre de vendajes.  Es la historia en carne viva de su familia. Detalles que escuecen y curten. Es la dolorosa historia de una familia que renació gracias al instinto de supervivencia del patriarca llegado del otro lado del Atlántico. Un hilo que estuvó a punto de deshilacharse para siempre entre el oleaje de aquel 5 de marzo de 1916.

El Día del Libro regala historias familiares

 

Y cuando nos sorprende un relato como éste, no podemos quedarnos con los brazos y los lápices caídos. Las musas nos despeinan y golpeamos el teclado con fuerza, con rabia. El destino es juguetón y cruel. Reparte y roba esperanzas a partes iguales, a diestro y siniestro. Hoy te toca a ti, mañana a mí. Y ayer les tocó a ellos. La verdad tal vez no sea triste ni tenga remedio, pero tenemos que contarla, dejarla escrita, en negro sobre blanco, para que los demás lo sepan. Para que cuando tú aprendas a leer conozcas la historia del abuelo, la historia de tu familia.

 

Post scriptum: La imagen que ilustra estas líneas muestra el recorte del periódico ‘La correspondencia de Valencia’, que en su ejemplar del 27 de marzo de 1916 narra la milagrosa salvación del enguerino Alfredo Garrigós Marín, tras el naufragio del ‘Principe de Asturias’ en las costas de Brasil.


2 Comments

Mónica Vidal dice:

27/07/2015 at 02:25

Creo que muchas veces los recuerdos materiales quieren encontrarnos, ¿le explico el porqué?

De los parientes por parte de mi padre, que al día de hoy quedan vivos, no conocíamos la cara de mi bisabuelo, no había fotos, nada que pudiéramos imaginar como sería su rostro. (Lo mismo ocurre con mi abuelo paterno, pero esa es otra historia). Hasta que empecé la búsqueda en el cementerio de Ezpeleta, Quilmes. Logré que me dieran información de la zona en dónde podría estar la tumba, la encontré, pero no tenía ningún dato, nada escrito sobre el mármol… Hasta que vi, al lado, algo caído. Lo levanté, era pesado, y al darlo vuelta me encuentro con las fotos de mi bisabuelo/a y de mis tíos abuelos, por supuesto, que nadie sabía de su existencia.

Por esto, y más, soy una convencida que los recuerdos ancestrales nos buscan.

Gracias, por permitir que comparta mi experiencia con UD.

Mónica

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Enrique Boix dice:

27/07/2015 at 10:54

Muchas gracias, Mónica, por compartir tus emotivos recuerdos desde Buenos Aires.

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