La cuartilla del abuelo

Por | · · · · | Genealogía doméstica | 3 comentarios en La cuartilla del abuelo

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– ¿Qué haces, abuelo?
– Apuntando las cosas importantes, que luego nunca se sabe dónde pierde uno la cabeza.
– ¿Me lo enseñas?
– Calla, mante. Son cosas de viejos.

 

El abuelo terminó de doblar la cuartilla. Lo hizo con parsimonia, con aire de ritual, como el cura veterano que recoge y guarda sus enseres después de la enésima consagración. Guardó el papel doblado en el bolsillo, junto al pañuelo de tela que le acompaña a todas horas y nunca gasta. El abuelo fue siempre de aspecto recio y buena salud. Nadie le recuerda un catarro, un estornudo, una tos matinal…

 

– Mi padre es un roble.
– Pero últimamente lo veo perdido, cariño. Va a su aire.
– Él ha sido siempre así. Es muy celoso de sus cosas.
– Será que se hace mayor.
– Es ley de vida, no le des más vueltas.

 

El matrimonio terminó de desayunar en la cocina. El hijo se colgó la mochila a la espalda y acarició la espalda de su abuelo antes de marchar a la Facultad. El viejo aún seguía sentado en el comedor, con las manos sobre la mesa desnuda, tal como le había sorprendido su nieto. Al tercer portazo encadenado, el abuelo se levantó, se palpó los bolsillos del pantalón, cogió las llaves del cuenco de la entrada y salió. Esta vez no dio doble vuelta a la cerradura. Esta vez no se miró al espejo ni se interrogó mentalmente, como hacía cada mañana hasta hoy.

 

– Un café con leche.
– ¿Uy? Si que viene con gana, don Manuel…

Genealogista rima con trapecista

 

A la camarera le sorprendió la enérgica petición del jubilado pero no le dio importancia. Tiró por el fregadero el cortado con leche fría y sacarina que ya tenía preparado para el recién llegado. Mira que le costó convencerle de que un café sin azúcar es como una cerveza sin gas, como una vida sin alegría, que al menos le dejara poner sacarina, para endulzarle las mañanas.

 

– Una pastillica por lo menos, don Manuel.
– Haz lo que quieras, xiqueta.

 

Mientras removía el café se quedó con la mirada perdida en una hoja amarillenta que planeaba en la calle. Terminó de posarse sobre la acera, a cámara lenta, y acabó pisoteada por un grupo de colegiales.

 

– Otro día más, lunes, Vamos pallá, a estrenar la semanica.

 

La camarera se insufló de ánimos y arrancó la hoja del calendario de la pared. La radio escupió las señales horarias previas al boletín informativo y el abuelo giró su muñeca diestra.

 

– ¡Recollons, pandereta! Ya se han vuelto a caer las manecillas. Tendré que decírselo al relojero.

 

Ernesto, que se pasaba las horas muertas en el taller, ya sólo se dedicaba a reponer pilas de reloj. Por eso, cuando le visitaba don Manuel, aprovechaba para darle cuerda al abuelo y a su reloj. Ya hacía dos semanas que venía con la monserga de las manecillas sueltas. Terminó por no hacerle caso y simular que se las ajustaba.

 

– Les recuerdo que está prohibido hacer fotos, no se apoyen a tomar nota sobre los libros y usen los lapiceros.

 

Voro, un joven medievalista y políglota, repetía cada mañana la letanía a los usuarios del archivo. En la mesa seis volvió a depositar un protocolo notarial del siglo XVII de un escribano de Sueca. Era de letra difícil y poblado de latinajos. Era la tercera vez que lo depositaba en la mesa de consulta y regresaba inmaculado al depósito. Voro había cogido cariño al jubilado ausente. Más de una vez les había anochecido a ambos en la puerta del archivo, compartiendo anécdotas y retales de vidas pasadas. Don Manuel había recuperado la historia de su familia desde el siglo XVI. Decenas de páginas inéditas que ahora yacían en la estantería del despacho de su yerno.

 

– Disculpe, la mesa seis está reservada. Coja la ocho, si es tan amable.

 

Aquella noche Manuel cenó poco. Se desvistió y se vació los bolsillos del pantalón. Colocó el pañuelo planchado sobre la mesilla y encima la cuartilla doblada. Dejó el reloj de las manecillas sueltas al lado de la lamparita y suspiró.

 

– Bona nit, María.

 

(…)

 

El joven se había levantado tristón y con resaca. Dos semanas encadenando madrugadas de guardia en la habitación 257 tumban a cualquiera. Menos mal que su madre se negó a prolongar la agonía de familiares y amigos con un velatorio abierto las 24 horas. Además, el abuelo lo había dejado bien claro:

 

– No m’agraden eixes coses. No quiero. Todos de xarreta y yo de cuerpo presente. No, no, no… Quan muira, em cremeu.

 

El nieto de Manuel entró con sigilo en la habitación del abuelo, como si temiera interrumpir su descanso eterno. Se sentó sobre la cama vacía y cogió el reloj de la mesita. Pesaba lo suyo y era de una puntualidad exquisita. Señalaba la hora exacta. Se lo puso en la muñeca izquierda. Sonrió al ver la cuartilla doblada sobre el pañuelo. Desplegó el papel con emoción y dejó escapar una lagrimilla. Se lo guardó en el bolsillo y salió de la alcoba. “Gracias, abuelo”, musitó el joven.

 

– Debes de ser Manel, ¿verdad?
– ¿Eh? Sí, ¿cómo lo sabes?
– Tu abuelo era un gran hombre. Ahí tienes la mesa seis. ¿Cómo llevas el latín?
– Bien, bien. Estoy en cuarto de Filología Clásica. Cosas de mi abuelo. Se emperró en que estudiara eso y me convenció.
– Pues ahí te espera el protocolo del notario Mateu Bonastre. Tienes todavía la marca que dejó tu abuelo.

 

El nieto abrió el volumen. Se emocionó al leer la anotación a lápiz en la tira de papel: “Manel, sigue tú”.  Se guardó la cuartilla doblada del abuelo en el bolsillo, sonrió y retomó la lectura de aquellas escrituras del siglo XVII. Y entonces descubrió que todo le resultaba familiar:

 

“Yo, Manel Comes, major de dies, llaurador de la Universidad de Sueca, estant malalt en lo llit de greu malaltia corporal, la qual temch morir empero ab mos bo e sa enteniment y memoria, paraula clara, ordene mon ultima y darrera voluntat…”


3 Comments

Eugenio Coll del Rey dice:

18/11/2015 at 20:51

Qué historia mas bonica Enrique. seguro que mas de uno nos vemos reflejados en ella.
Yo, desde luego, soy el abuelo, je je

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Enrique Boix dice:

19/11/2015 at 15:25

Muchas gracias por tus palabras, Eugenio, y gracias por seguirnos.

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Maria Teresa dice:

22/09/2015 at 00:52

Una historia muy emocionante, habrá que escribir y guardar esas cuartillas para los nietos.

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