La vida es (demasiado) breve

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A las cinco de la mañana del 10 de abril de 1901 se le quebró el sueño en mil pedazos a Salvador Anaya, un joven vivaracho que ejercía de pastor en la sierra del término valenciano de Ayora, Su amo, el labrador cincuentón Rafael Abarca, le había sacado de la cama para que él hiciera lo mismo con el ganado. Todavía con las legañas cosidas al cuerpo y antes de que los animales pisaran el campo, Salvador escuchó unos sollozos infantiles que brotaban a sus pies. No era un sonido que esperase encontrar allí, en las Casas de la Madrona, a una docena de kilómetros del casco urbano de Ayora, donde las tierras valencianas enseñan su piel manchega. Debió de quedarse pasmado, asustado, porque enseguida salió al quite Úrsula López, la mujer del patrón, para recoger a aquella criatura que yacía desconsolada junto al quicio de la puerta.

 

Salvador Anaya siguió inmóvil un largo rato en el mismo lugar del hallazgo hasta que el amo le recordó la faena pendiente. “No te preocupes por la niña, ya nos hacemos cargo nosotros. Tú, a la faena. ¡Vamos!”. La imagen de la pequeña, envuelta en un viejo pañuelo de cuadros blancos y negros, con la naricilla enrojecida y el ojo derecho amoratado, se le quedó grabada al pastor adolescente. El milagro de la vida había brotado abruptamente, a quemarropa, en su quehacer diario, con toda su crudeza y amargura. Lamentó no haberla cogido en brazos, él que no tenía miedo a las bestias de cuatro patas. Cogió el gayato y retomó su camino.

 

Horas después del hallazgo, el secretario del juzgado municipal describía con sumo detalle los ropajes que envolvían a la criatura abandonada.

 

Llevaba dos trapos blancos viejos de muselina y un meador de muletón blanco en mediano uso; envuelta en un pañuelo a cuadros blancos y negros, viejo y de algodón: un gorro de punto de gancho y una carota con dos puntillas en la cabeza y en la punta del cordón un trozo de trencilla amarilla; dos chambras de cretona, a rayas negras una y otra, con fajuela de punto de gancho de algodón vieja.

 

La crónica detallada del abandono de esta niña recién nacida se me presentó sin avisar, mientras andaba recogiendo material —como un hortelano de la historia— para mi próximo libro a medias. Permanecía oculta tras la signatura Archivo General de la Diputación de Valencia, Fondo Hospital General, Inclusa, Admisión de Expósitos, V.2.1.3; II-4.1, caja 6, legajo 37, año 1901.

 

Es una más de las miles y miles de vidas abandonadas —muchas de ellas breves, demasiado breves— que reposan en los archivos de la Inclusa valenciana. Son más de cincos siglos documentados de abandonos infantiles. Husmear entre esos cientos de volúmenes, cajas y legajos descompone el alma de cualquiera. Os lo aseguro. No es la primera vez que me topo con una de estas amargas historias. Ya lo hice en ‘Hijos de la adversidad’ y ‘Viajes de ida y vuelta a la Inclusa’.

Hazte con un ejemplar de Retales de vidas pasadas

 

Pero en esta ocasión me atraparon los pequeños detalles de la historia. ¿Por qué a esa hora, en ese día de abril y en ese lugar tan apartado, alguien iba a abandonar a su hijo? ¿Por qué tuvo que ser el pastorcillo su descubridor? Decidí tirar del hilo hasta donde me dejara el destino y los documentos. Tal vez por curiosidad o por el simple deseo de que tuviera un final feliz, un final normal. Quería ver cómo esa criatura desvalida crecía y se arrancaba de la piel la humillante etiqueta de niña expósita.

 

Antes siquiera que un médico la reconociera, la menor fue llevada con prisas a la Iglesia Parroquial de la Asunción de Ayora donde recibió antes el auxilio espiritual que el corporal.  Así fue cómo don Francisco de Paula Bernal bautizó solemnemente el mismo 10 de abril, a “una niña hija de padres no conocidos” a la que pusieron por nombre Asunción. Su madrina fue Mercedes Moreno, una muchacha soltera de la localidad. De testigos ejercieron los dos alguaciles, Pepe Gavidia y Pedro Antonio Piera.

 

La menuda siguió pasando de brazo en brazo hasta llegar a las sabias manos de don José María Martí. Ya habían pasado más de 24 horas. El licenciado en medicina y cirugía, además de médico titular de Ayora, exploró a la recién nacida y pudo comprobar que era “de un desarrrollo incompleto para ser un feto a término”. Había nacido antes de tiempo, tal vez incluso forzada a salir del vientre materno antes de hora. Por eso el pastor pudo verle varias contusiones en la cara. A las tres de la tarde del 11 de abril, la niña es inscrita en el Registro Civil de Ayora con el nombre de Asunción María Andrea.

 

Descripción de las ropas de la niña. (Arxiu Diputació València)

Descripción de las ropas de la niña. (Arxiu Diputació València)

Al tercer día, el alcalde José María Ródenas acordó que la pequeña Asunción fuera conducida “a la Casa Cuna en brazos de Belén Íñiguez”, donde espera que el director del Hospital Provincial de Valencia admita a la niña expósita.  Las 72 horas más transitadas en la vida de Asunción fueron aflorando en distintas cajas y legajos, según iba siguiendo su pista por los estantes del Archivo de la Diputación.

 

Así fui a dar con el libro correspondiente al año 1901, el volumen 720 de la colección documental ‘Dides e criatures’, que recoge las anotaciones de los niños expósitos acogidos en la Inclusa valenciana entre 1512 y 1977. Sí, has leído bien, desde hace más de cinco siglos se conservan las pistas de todos ellos. En la página 34 del citado libro 720 fue anotada la llegada de Asunción María Andrea. A las diez de la mañana del día 13 de abril, la niña descubierta por el pastor pasaba a los brazos de una monja de la Inclusa, según refleja el acta firmada por sor Francisca Pérez.

 

Repasé la página con ansia en busca de detalles que me aclararan su futuro. Quería saber qué nodriza la atendió los primeros días y qué matrimonio de artesanos o labradores la había prohijado, antes de echar a volar lejos del nido adoptivo con su cuerpo menudo. Pero no hizo falta pasar la página. Apenas cuatro líneas me certificaron que “el diecisiete de abril de 1901 murió a causa de un insuficiente desarrollo orgánico y fue enterrada en el Cementerio General de Valencia”. Su pequeño cadáver debió de ser enterrado en una fosa común hasta mezclarse, con el paso del tiempo, con los restos de otros tantos que le siguen acompañando en el camposanto valenciano, donde los naranjos relucen ahora al atardecer.

 

Y así fue como en una mañana, tirando del ovillo, he recuperado los siete días de la breve existencia de Asunción María Andrea, gracias a la narración de todos los que la sostuvieron en sus brazos. Y de los archivos que custodian nuestro pasado esparcido en millones de documentos. Y así fue como en una tarde he puesto en negro sobre blanco, en este blog, la historia de una vida revivida gracias a nuestra sana curiosidad, la tuya y la mía. Practicar genealogía es sacar del olvido los retales de vidas ajenas; es revivir a los personajes secundarios, a los actores de reparto. Practicar genealogía es insuflar vida también a personas que nadie recordaba, porque apenas nadie sabía que existieron.

 

Post Scriptum: La imagen que ilustra este artículo es un detalle de la obra ‘El recién nacido’. del pintor Georges de La Tour, que se conserva en el Musée des Beaux Arts de Rennes.


2 Comments

Inge dice:

09/05/2016 at 16:59

ME encanta leer éstos relatos, aunque tristes, son diarias realidades !

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cecili dice:

04/05/2016 at 18:54

Bello relato de una triste historia. Gracias.

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